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Mefisto en el laberinto (II)





- ¿Te gusta, cabrón? −preguntó la puta mientras se subía la falda.


Arturito sonrió.




La Señora Enriqueta estaba nerviosa esa noche. No, no es que la Señora Enriqueta fuera una mujer impresionable. Ocurría que, para toda la familia, esa era una noche muy especial.
En casa de los Comasens la llegada del hijo de Don Antonio había sido un acontecimiento largamente esperado. Antonio de Comasens tenía más de 40 años cuando se casó. Se casó cuando casi nadie esperaba que lo hiciera. Enriqueta Siurans, su madre, se había pasado muchas noches en vela pidiendo a Nuestra Señora que hiciera el milagro.


- El Señor se casará. Seguro que encontrará a una mujer com cal y sentará la cabeza.
- Ay Enriqueta, ¿quieres decir?
- Sí Quimeta, créeme. Antonio sabe lo que tiene que hacer. Yo no he educado a ningún descasado.
- No se Enriqueta, no se.


La Señora Enriqueta, mujer piadosa, jamás se rendía. Eso lo sabía bien la Quimeta, eran muchos años trabajando para la Señora, muchas tardes de otoño sentadas juntas en el salón, hablando de sus cosas. De esas cosas de las que sólo pueden hablar la señora de la casa y su criada.
La Señora Enriqueta le permitía a la Quimeta cosas que no le había permitido nunca a nadie, ni siquiera al Señor Tomás, su difunto marido.



Tomás de Comasens vino al mundo una fría mañana de jueves del mes de febrero del año 1896. No fue un parto fácil. De ello podía dar fe su madre que, durante ocho largas horas, estuvo abierta de piernas esperando a que su hijo se decidiera a salir.
Pero Doña Mercedes nunca se lo tuvo en cuenta, ni ella ni nadie, no hubo motivo para ello. A lo largo de los años vividos por Tomás de Comasens su nacimiento fue el único momento en que se hizo de rogar, en que alguien tuvo que esperar a que el Señor Tomás se decidiera a hacer una cosa.
La proverbial rapidez en la toma de decisiones del Señor Tomás no era casual. La aprendió de su padre, Don Marcel. Don Marcel reunía en él todas las características que durante años fueron creando la forma de ser de los Comasens. Esa forma de ser que hizo que los Comasens, generación tras generación, convirtieran a la comarca en su centro de poder, en su vida. Sí, Don Marcel era la máxima expresión de todo ello, era, lo que podríamos llamar, un Comasens de piedra picada.

Cuando cumplió los trece años, el Señor Tomás, fue a trabajar al lado de su padre, Don Marcel. Aún de mayor recordaba, y explicaba a alguno de sus escasos amigos, el primer día que fue a la fábrica de la familia. Lo recibió Miguel. Miguel era el jefe de contables, un hombre enjuto y decrépito que contaba con toda la confianza de su padre, de Don Marcel.


- Miguel, este es mi hijo –dijo Don Marcel.
- Buenos días, Señorito Tomás.
- Nada de Señorito Tomás, le llamarás Señor Tomás. En la fábrica todos le llamaréis Señor Tomás. Debe empezar a saber lo que significa la responsabilidad de su apellido.
- Sí, Don Marcel.
- Le enseñarás a mi hijo la forma de trabajar que tenemos en la fábrica. Cada día vendrá a las seis de la mañana y tú serás el responsable de que el día le sea productivo. Esto tiene que ser suyo un día y cuando suceda quiero que lo sepa todo sobre cómo se debe llevar la fábrica.
- Sí, Don Marcel.
- ¡Tomás, ven!
- Sí, Señor -dijo el joven Tomás.
- Este es Miguel. En esta empresa sólo yo soy más importante que él. Harás todo lo que él te mande. No quiero ninguna queja por su parte. ¿Me has entendido?
- Sí, Señor.


Mentira. Tomás no entendía nada. No entendía el motivo por el cual no podía continuar estando en casa con su madre. No entendía por que no podía seguir jugando en el jardín con Carlitos, Mario y Merceditas. Tampoco entendía el motivo por el cual tenía que llamar Señor a su padre. Eran muchas las cosas que no entendía. Cosas que no entendió hasta muchos años después. No las entendió hasta que el hecho de entenderlas ya no tenía importancia.



Don Marcel murió cuando Tomás tenía diecisiete años.


- Don Tomás, permítame que en nombre propio y en nombre de todos los trabajadores de Hilaturas Comasens le acompañe en el sentimiento −le dijo Miguel. Un Miguel al que las manos le sudaban tanto que el hecho de secárselas compulsivamente con las perneras de los pantalones sólo conseguía que estas terminasen húmedas de sudor.
- Gracias Miguel.
- La muerte de su padre ha sido una gran pérdida para todos nosotros.
- Sí Miguel, para todos.


Y así, como el bueno de Miguel, fueron pasando todos los familiares, amigos, conocidos y algunos trabajadores escogidos para darle el pésame a Don Tomás por la muerte de su padre. Por el velatorio pasaron también las grandes familias de la comarca, los Esquius, los Pallarés, los Clares, los Santasusana; y todas esas otras familias que, sin ser grandes, sólo querían ser vistas por el nuevo Señor de Comasens.

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