
El 8 de marzo de 1918 Josep Pla empezó a escribir un dietario, cuaderno que continuó escribiendo hasta el 15 de noviembre de 1919. Así podría empezar la historia oficial del libro más importante —le pese a quien le pese— de la narrativa catalana de todos los tiempos, la historia oficial de la obra de uno de los mejores narradores europeos del siglo pasado.
Hablar de Josep Pla en Catalunya es como mentar la soga en casa del ahorcado. Aún ahora, casi 30 años después de su muerte, Pla es repudiado o, aún peor, ignorado por la acomodaticia y poco brillante cultura oficial de este, mi pequeño país.
Gentes incapaces de vender —pedirles, además, que fueran capaces de escribir medianamente bien sería pedir demasiado— un puñetero libro; que sólo son capaces de vivir del cuento —y no, no estoy hablando del cuento como género narrativo— mediático catalanista; que necesitan de un viaje a Frankfurt con los gastos pagados para posicionar su obra en el mundo, y ni aún así; gentes, en definitiva, que jamás formarían parte de los Homenots de Pla reniegan de él y lo cubren, o al menos lo intentan, con la manta del olvido.
¿Cuál ha sido el gran pecado de Josep Pla? ¿Qué hace de él un genio incómodo para los nacionalistas? Fácil, el gran pecado de Pla fue que durante la guerra civil apostó por el bando franquista. El gran pecado de Pla fue que durante la posguerra no se enfrentó al franquismo y prefirió retirarse a la masia familiar de su Ampurdanet natal y dedicarse a escribir. Y eso, eso no se lo perdonaron ni los izquierdistas ni los nacionalistas que durante la transición se apoderaron de los resortes culturales de este, mi pequeño país.
El gran pecado de Pla fue el de tantos miles de catalanes —catalanes, no nos vayamos a engañar, de nacimiento, de cultura y de lengua— que eran regionalistas pero no nacionalistas y menos aún separatistas. Catalanes que durante la II República eran de derechas —sí, de derechas. Que aunque nos pueda parecer increíble había republicanos de derechas— y vieron en Franco la necesaria interinidad hacia un régimen democrático no revolucionario.
Y así, un genio de las letras catalanas, se quedó sin el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, máxima distinción literaria existente en Catalunya. Premio que si miramos la lista de galardonados por Òmnium Cultural, nos tendría que caer la cara de vergüenza al ver que están algunos y no está Pla.
Para intentar paliar la vergüenza tuvo que venir Josep Tarradellas y otorgarle, casi en artículo mortis y pidiendo perdón, la Medalla d’Or de la Generalitat de Catalunya. Fue durante la entrega de la Medalla d’Or que Joan Coromines, nada sospechoso, reivindicó la figura de Pla y su obra.
Hablar del Pla literario es tarea hercúlea, sus obras completas comprenden 46 volúmenes. Hablar del Pla humano sería apasionante. Así pues aprovechemos que desde el 8 de marzo de 2008, y siguiendo el ritmo de las anotaciones diarias del libro original, se está publicando El quadern gris en internet, a modo de bitácora.
Hablar de Josep Pla en Catalunya es como mentar la soga en casa del ahorcado. Aún ahora, casi 30 años después de su muerte, Pla es repudiado o, aún peor, ignorado por la acomodaticia y poco brillante cultura oficial de este, mi pequeño país.
Gentes incapaces de vender —pedirles, además, que fueran capaces de escribir medianamente bien sería pedir demasiado— un puñetero libro; que sólo son capaces de vivir del cuento —y no, no estoy hablando del cuento como género narrativo— mediático catalanista; que necesitan de un viaje a Frankfurt con los gastos pagados para posicionar su obra en el mundo, y ni aún así; gentes, en definitiva, que jamás formarían parte de los Homenots de Pla reniegan de él y lo cubren, o al menos lo intentan, con la manta del olvido.
¿Cuál ha sido el gran pecado de Josep Pla? ¿Qué hace de él un genio incómodo para los nacionalistas? Fácil, el gran pecado de Pla fue que durante la guerra civil apostó por el bando franquista. El gran pecado de Pla fue que durante la posguerra no se enfrentó al franquismo y prefirió retirarse a la masia familiar de su Ampurdanet natal y dedicarse a escribir. Y eso, eso no se lo perdonaron ni los izquierdistas ni los nacionalistas que durante la transición se apoderaron de los resortes culturales de este, mi pequeño país.
El gran pecado de Pla fue el de tantos miles de catalanes —catalanes, no nos vayamos a engañar, de nacimiento, de cultura y de lengua— que eran regionalistas pero no nacionalistas y menos aún separatistas. Catalanes que durante la II República eran de derechas —sí, de derechas. Que aunque nos pueda parecer increíble había republicanos de derechas— y vieron en Franco la necesaria interinidad hacia un régimen democrático no revolucionario.
Y así, un genio de las letras catalanas, se quedó sin el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, máxima distinción literaria existente en Catalunya. Premio que si miramos la lista de galardonados por Òmnium Cultural, nos tendría que caer la cara de vergüenza al ver que están algunos y no está Pla.
Para intentar paliar la vergüenza tuvo que venir Josep Tarradellas y otorgarle, casi en artículo mortis y pidiendo perdón, la Medalla d’Or de la Generalitat de Catalunya. Fue durante la entrega de la Medalla d’Or que Joan Coromines, nada sospechoso, reivindicó la figura de Pla y su obra.
Hablar del Pla literario es tarea hercúlea, sus obras completas comprenden 46 volúmenes. Hablar del Pla humano sería apasionante. Así pues aprovechemos que desde el 8 de marzo de 2008, y siguiendo el ritmo de las anotaciones diarias del libro original, se está publicando El quadern gris en internet, a modo de bitácora.
Comentarios
Publicar un comentario