Era el 20 de diciembre de 1957 cuando los espectadores estadounidenses podían ver en sus televisores a los dos cantantes más famosos del momento, Bing Crosby y Frank Sinatra. En un magnífico technicolor la ABC les ofrecía el programa Happy Holidays with Bing and Frank.
Mientras esto sucedía en los hogares estadounidenses, Eisenhower —Ike para los amigos— se recuperaba de su segundo ataque al corazón sufrido un mes antes; y la oscura sombra de su vicepresidente, Richard Nixon, se proyectaba sobre el viejo presidente, al que muchas voces le sugerían que dimitiera antes de cumplir su última legislatura.
Santa Claus is coming to town y en el otro lado del globo, la entonces conocida como URSS y liderada por Khrushchev lanzaba al espacio el segundo satélite Sputnik, con la pobre perra Laika dentro; consiguiendo con ello acrecentar la supremacía soviética en la carrera espacial.
En el interior del país, que seguía escuchando cantar a dos voces The Christmas Song, empezaban los primeros disturbios raciales y en el exterior, en Berlín, se ponían las bases para la construcción de un muro que durante años dividiría Europa.
Los años dorados del sueño americano tocaban a su fin, mientras Bing y Frank desmenuzaban las últimas notas de White Chrismats; y en un cada vez más cercano horizonte despuntaba Vietnam.
A todo ello, en mi pequeño país —en el cual yo todavía no había nacido— las navidades eran en blanco y negro, como lo serían también un decenio después, durante los últimos 60.
Ese tiempo en que, ese quien también fui yo, se apresuraba para terminar el Pessebre y la carta a los Reyes Magos. Y una vez terminadas, una cosa y la otra, la harina caía sobre el Belén y los copos de nieve sobre las aceras de esa ciudad, Manresa, que por unos días dejaba de ser una triste y oscura ciudad de provincias para convertirse, gracias a un magnífico y falso technicolor, en una fuente de colores, luces, adornos y sonrisas navideñas.
Y ese pequeño niño que hoy escribe, ese quien también fui yo, se limpiaba los mocos mientras esperaba, entre el frío de la calle, a que terminara la cabalgata de los Reyes Magos que le tenían que traer los primeros regalos de su vida. Y de regreso a casa se iba rápido a la cama a dormir y soñaba, soñaba sin saber —todavía era un niño— quien había sido Calderón de la Barca; y por no saber, ni siquiera sabía, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
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