
Aunque a muchos de los que vais a leer esta entrada os pueda parecer increíble hubo una época, tampoco hace tanto tiempo de ello, en que la clase trabajadora —clase que la I y la II Guerra Mundial enterraron en los campos de nuestra querida y maltrecha Europa— tenía un sueño. Y a ese sueño, amigo lector, se le llamó Revolución.
Ahora, 90 años después, poco nos queda de esos días. Si tuviéramos que hablar de ellos y pronunciáramos sólo Marx, muchos pensarían primero en un grupo de hermanos —ya pasados de moda— que hacían películas, antes que en un tal Karl; filósofo, economista, pensador y judío alemán que liberó a un fantasma para que recorriera Europa, fantasma al que llamó comunismo.
Trotsky, Kérensky, Antonov-Ovseenko e incluso Lenin les sonarán, si no a la actual línea defensiva del CSKA, a escritores rusos; escritores de poco éxito, pues aunque les suenen los nombres, estos no les suenan demasiado. Y así podríamos seguir hasta el infinito, al infinito y más allá.
El viento de la historia es implacable con personajes, historias, sueños y acontecimientos inmortales, eternos e imperecederos.
Es por ello que de lo que durante un tiempo fue el Paraíso de los Trabajadores, hoy casi ni nos queda el recuerdo. Del fantasma que antaño atemorizaba a las autoridades, realezas, patrones, militares y clero europeo hoy nos queda sólo su sábana sucia y raída. Y de esa clase trabajadora que durante decenios derramó su sangre por las calles y campos europeos quedamos nosotros; la asquerosa clase media, los miserables asalariados, todos los que pudiendo luchar por un sueño nos hemos conformado con perseguir quimeras.
Ahora, 90 años después, poco nos queda de esos días. Si tuviéramos que hablar de ellos y pronunciáramos sólo Marx, muchos pensarían primero en un grupo de hermanos —ya pasados de moda— que hacían películas, antes que en un tal Karl; filósofo, economista, pensador y judío alemán que liberó a un fantasma para que recorriera Europa, fantasma al que llamó comunismo.
Trotsky, Kérensky, Antonov-Ovseenko e incluso Lenin les sonarán, si no a la actual línea defensiva del CSKA, a escritores rusos; escritores de poco éxito, pues aunque les suenen los nombres, estos no les suenan demasiado. Y así podríamos seguir hasta el infinito, al infinito y más allá.
El viento de la historia es implacable con personajes, historias, sueños y acontecimientos inmortales, eternos e imperecederos.
Es por ello que de lo que durante un tiempo fue el Paraíso de los Trabajadores, hoy casi ni nos queda el recuerdo. Del fantasma que antaño atemorizaba a las autoridades, realezas, patrones, militares y clero europeo hoy nos queda sólo su sábana sucia y raída. Y de esa clase trabajadora que durante decenios derramó su sangre por las calles y campos europeos quedamos nosotros; la asquerosa clase media, los miserables asalariados, todos los que pudiendo luchar por un sueño nos hemos conformado con perseguir quimeras.
L’anàlisi de l’historia és implacable, a vagades, com es desprèn del teu text: desencisadora. Però la vida està plena de somnis i lluitar per un, del tipus que sigui, ens fa vibrar; perseguir una quimera no deixa de ser una mena de conformisme del que hem de fugir si ens volem sentir vius.
ResponderEliminarHola Rosalia
ResponderEliminarPenso que has estat molt encertada amb la teva definició: desencís.
M'ha sorprès el poc enrenou que hi ha hagut aquests dies als mitjans de comunicació al complir-se els 90 anys de la Revolució Russa; deixant a part les consideracions polítiques, la importància social del fet és innegable.
Dubto molt que actualment es pogués tornar a prendre un Palau d'Hivern. En el fons crec que tot plegat reflecteix el temps que ens ha tocat viure, el temps de les quimeres.