
¡Qué grande era Lon Chaney!
¡Qué mezquina es nuestra clase política!
Cuando se habla de películas de terror, más allá de las infumables segundas, terceras y cuartas partes a que nos tiene acostumbrados el cine actual, solemos olvidarnos de Lon Chaney. Quizá, el más cinéfilo de entre nosotros, sería capaz de hablarnos de Béla Lugosi, Boris Karloff o incluso de Vincent Price. Pero, ¿qué me decís del bueno de Chaney?
Lon Chaney era un actor de la época del cine mudo. Fue, durante esos años, el más grande. Sus interpretaciones en películas como The Unholy Three, The Phantom of the Opera o London After Midnight lo convirtieron en toda una leyenda de un incipiente Hollywood. Y, como suele ocurrir con casi todos los pioneros de esa época, su vida detrás de los focos fue mucho más apasionante que sus ficciones de pantalla.
De todo ello hace casi cien años. Lon Chaney nació en el año 1883 y sus películas las rodó entre 1912 y 1930. Ya veis, casi una eternidad.
A Lon le llamaban, entre otras cosas, el hombre de las mil caras. Y es esto lo que me indica, sin ningún género de dudas, que actualmente sería un excelente político. En ello pienso en jornadas como las de hoy en que, después de unas elecciones, salen los políticos en Santa Compaña para celebrar los resultados. Todos ellos, muertos en vida y ánimas en pena, se esfuerzan para mostrarnos, y demostrarnos, que han sido los vencedores.
Los hay que ufanos nos dicen que han sido los más votados. Otros, dichosos, nos informan que son ellos los que han conseguido más escaños o regidores. Salen después los terceros y afirman que han aumentado en porcentajes y ello indica, claramente, una progresión espectacular en expectativa de votos. Nos quedan los cuartos y los quintos, y los sextos llegados el caso, que no se sonrojan al afirmar que han superado las previsiones, que los resultados son mucho mejores de los esperados.
Y así, entre lerdos y pollinos, pasan todos por delante de las cámaras. Ponen caras de victoria, de éxito y de gloria. Nos miran con ojos saltones y nos intentan convencer de lo imposible. Nos venden una utopía, nos muestran una quimera y se olvidan, y se culpan entre ellos, del altísimo porcentaje de abstencionistas.
Si, ¡qué grandísimo político se perdió con Lon Chaney! ¡Qué suerte que sólo quisiera ser comediante!
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