
Todavía sin terminar de recuperarme de las vacaciones de invierno, las merecidísimas y cortísimas vacaciones de invierno. Pendiente todavía estos días de la evolución, lenta y desesperante, de mi último catarro. Con los dos pies, ahora ya si, firmemente apoyados en la cuarentena —dícese del período durante el cual el hombre sufre una irrefrenable recesión a etapas infantiles; así como al hecho de aislar forzosamente a aquellas personas que puedan sufrir una enfermedad contagiosa. ¡Hay que joderse, con las definiciones del puñetero diccionario!— y sin demasiadas ganas de publicar ninguna entrada, voy y publico esta.
Si no fuera víctima de mi proverbial descreimiento. Si llegara o llegase a creer en Dios y en el Diablo. Si fuera adorador de algo y jamás hubiera apostatado. Si a todo ello le añadiéramos, además, una fe ciega en los signos zodiacales, este, este 2007, sería un gran año.
O al menos eso es lo que predicen los astros, o aquellos que interpretan a los astros, para los que somos Sagitario.
Parece ser que el pasado noviembre Saturno entró en este mi signo, y durante los doce meses en que se va a pasar orbitándome me tiene que cubrir de regalos. Según las predicciones, las más optimistas, durante este año tendré grandes cambios a mejor, golpes de suerte, viajes afortunados y éxitos profesionales.
¿Os lo podéis imaginar? Doce meses de felicidad me aguardan, 365 días de dicha. No quepo en mí de gozo.
Pero, los puñeteros peros, surge en mí la herejía. No del todo satisfecho con las revelaciones de los magos, voy y busco los tres pies al gato.
Parece ser que empezaré el año con una ruptura sentimental —ya estamos con las dobles interpretaciones, ¿será esto bueno o será malo?— y no será hasta llegar a las calendas de marzo, y de forma inesperada, que encontraré un nuevo amor. Ya veis, a César le trajeron la muerte y a mí me traerán un nuevo amor; lo que no termino de comprender es que este nuevo amor vaya a ser inesperado, ¿cómo puede serlo si ya me ha sido revelado?
Parece ser que seremos, mi nuevo amor y yo, felices durante unos meses. Pero al llegar el verano nos cercarán los fantasmas del pasado. Y así estaremos, cercados, hasta la llegada de las tardes otoñales; las cuales, además de panellets, castañas y boniatos, nos traerán también el necesario equilibrio que toda relación necesita para llegar a amodorrarse.
Y dándole vueltas a lo predicho, rumiando cada palabra e intentando descifrar los oscuros designios de los astros, me dispongo para asumir mi destino y a acicalarme para las calendas de marzo.
Si no fuera víctima de mi proverbial descreimiento. Si llegara o llegase a creer en Dios y en el Diablo. Si fuera adorador de algo y jamás hubiera apostatado. Si a todo ello le añadiéramos, además, una fe ciega en los signos zodiacales, este, este 2007, sería un gran año.
O al menos eso es lo que predicen los astros, o aquellos que interpretan a los astros, para los que somos Sagitario.
Parece ser que el pasado noviembre Saturno entró en este mi signo, y durante los doce meses en que se va a pasar orbitándome me tiene que cubrir de regalos. Según las predicciones, las más optimistas, durante este año tendré grandes cambios a mejor, golpes de suerte, viajes afortunados y éxitos profesionales.
¿Os lo podéis imaginar? Doce meses de felicidad me aguardan, 365 días de dicha. No quepo en mí de gozo.
Pero, los puñeteros peros, surge en mí la herejía. No del todo satisfecho con las revelaciones de los magos, voy y busco los tres pies al gato.
Parece ser que empezaré el año con una ruptura sentimental —ya estamos con las dobles interpretaciones, ¿será esto bueno o será malo?— y no será hasta llegar a las calendas de marzo, y de forma inesperada, que encontraré un nuevo amor. Ya veis, a César le trajeron la muerte y a mí me traerán un nuevo amor; lo que no termino de comprender es que este nuevo amor vaya a ser inesperado, ¿cómo puede serlo si ya me ha sido revelado?
Parece ser que seremos, mi nuevo amor y yo, felices durante unos meses. Pero al llegar el verano nos cercarán los fantasmas del pasado. Y así estaremos, cercados, hasta la llegada de las tardes otoñales; las cuales, además de panellets, castañas y boniatos, nos traerán también el necesario equilibrio que toda relación necesita para llegar a amodorrarse.
Y dándole vueltas a lo predicho, rumiando cada palabra e intentando descifrar los oscuros designios de los astros, me dispongo para asumir mi destino y a acicalarme para las calendas de marzo.
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