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Natalis Invicti




Cuando nuestra querida Europa no era otra cosa que Roma o los Bárbaros; cuando la cultura, el poder y la religión estaban bajo la protección del SPQR; cuando un viejo Zeus había cedido su reinado a Jupiter Optimus Maximus; cuando el cristianismo no era siquiera una secta y nadie había oído hablar de Cristo; cuando todo esto pasaba, amigos, a la Navidad se le llamaba Saturnalia.
Antes, mucho antes, que el hombre se paseara por el mundo, antes incluso de que el mundo fuera mundo, existían los Titanes.
Urano, dios primogénito, reinaba en la soledad de los cielos, y sólo por la noche bajaba a la tierra y se encontraba con Gea. De esta relación nacieron sus hijos los Titanes y las Titánides, doce ejemplos de belleza sin parangón que reinaban sobre todas las criaturas, vivas o no, de la creación.
De esta relación entre el cielo y la tierra nacieron también otras criaturas, digamos, no tan perfectas. Nacieron los Cíclopes y los Hecatónquiros. Hijos también de Urano, este nunca les aceptó como a tales y finalmente los condenó al Tártaro; lugar más profundo incluso que el Hades, lugar de castigo para los ángeles caídos.

Gea, pero, les amaba. Les amaba tanto que convenció a los Titanes para que se enfrentaran a Urano y liberaran a sus hermanos caídos. Urano venció a los Titanes y los encerró también en el Tártaro.
Entonces Gea los liberó a todos con la ayuda de las Titánides. Los ángeles caídos, una vez liberados, no sólo no agradecieron el gesto a sus hermanos y madre, sino que se enfrentaron a ellos. Gea, finalmente, los tuvo que volver a encerar para toda la eternidad.

Conseguido esto, Gea convenció al Titán más joven, a Crono, para que derrocara a su padre, a Urano. Así lo hizo Crono, que castró a Urano y lo encerró junto a sus hijos malditos en el Tártaro. Crono reinó, tuvo múltiples hijos y los devoró al nacer —Urano y Gea le vaticinaron que uno de sus hijos le derrocaría—. Pero el sexto se salvó, gracias a su madre Rea, y se llamó Zeus. Zeus creció y, cumpliendo la vieja profecía, se enfrentó y venció a Crono; reinando él en el Olimpo.


Pasaron los siglos y los hombres habitaron el mundo. Crono, el antiguo rey de los Titanes, se convirtió en el benefactor de la agricultura. Así, en la ciudad de Atenas, se celebraba en su honor el Hakatombaion.
Y en eso que llegaron los romanos, los cuales sin demasiados prejuicios bebieron directamente de las fuentes griegas y asimilaron sus múltiples dioses, cambiándoles sólo el nombre. Motivo de este cambio Crono pasó a llamarse Saturno, siendo tan importante Saturno para los romanos que en su honor crearon las Saturnalias.
En la Saturnalia, y durante una semana —en nuestro calendario actual del 17 al 23 de diciembre—, coincidiendo con el final de los trabajos del campo y el inicio del solsticio de invierno, se daba descanso a los esclavos; los cuales, invertían los papeles con sus amos. Durante una semana todo eran celebraciones y banquetes, fiestas y alegrías. No es por tanto de extrañar que cuando el cristianismo se planteó hacer desaparecer la Saturnalia, la gente se opusiera a ello con todas sus fuerzas.

Nadie quería que la celebración del nacimiento del nuevo sol —solsticio de invierno— pasara al olvido. Ello pero no era aceptable para las costumbres y las normas de la nueva iglesia. El cristianismo primitivo no podía permitirse que de forma más o menos indirecta sus, por entonces, pocos seguidores adoraran a un dios ya pagano; se llamara este Sol Invictus o se llamara Saturno.
Una nueva religión requiere unas nuevas normas, nuevas costumbres, nuevas tradiciones y nuevos dioses a quien adorar. Así pues los primeros, y atribulados, pastores de almas cristianas hicieron lo que antes habían hecho tantos otros; bebieron de las fuentes que les precedían en el tiempo y cambiaron de nombre al Dios. Al Sol Invictus o Saturno se le llamó Cristo, la Saturnalia pasó a conocerse como Navidad, y lo que se celebró a partir de ese momento en el mundo es el nacimiento de un niño-dios en Belén.
Se cambió a un Dios verdadero por otro Dios verdadero, continuándose así una vieja tradición. Por los siglos de los siglos, Amén

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