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| William Simpson - Charge of the light cavalry brigade, 25th Oct. 1854, under Major General the Earl of Cardigan |
I
Media legua, media legua,
Media legua más allá,
Por el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
"¡Adelante, la Brigada Ligera!
¡Cargad contra los cañones!"
Hacia el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
...
Florence está inquieta. Después de su última conversación con Sydney se ha dirigido rápidamente a casa para hacer la lista de compañeras que se llevará a Crimea. Sus 38 camaradas de fatigas le seguirán a donde ella les diga, no puede ser de otra forma, ella las ha elegido y enseñado personalmente. Por ingrato que sea el futuro que les espere no la dejarán abandonada.
Estamos a finales de octubre de 1854 y Europa se encuentra de nuevo en guerra. La contribución de Florence Nightingale a la causa del imperio será enorme, tan enorme como la estatua que en agradecimiento este le construirá en Waterloo Place; lugar donde también compartirá eternidad con Sydney Herbert.
Florence tuvo una vida apasionante ¿No la conoces? Ya ves, la vida es así de injusta. Incluso la Señora de la Lámpara ha pasado al olvido. Sí, claro, de todo ello hace ya demasiados años, pero es gracias a personas como Florence Nightingale que los horrores de la historia quedan bajo la luz de una lámpara. Lámpara que quizás no sirva para iluminarnos, pero si que sirve para mostrarnos los horrores de una guerra.
Muy lejos del Londres victoriano el Sultán estaba pensativo, motivos tenia para ello mientras paseaba por los jardines del Palacio de Topkapi. Abd-ul-Mejid I es un digno sucesor de su padre. Padre al que sucedió con sólo 15 años, de ello hace ya media vida, convirtiéndose desde entonces en Sultán del Imperio Otomano. Su voluntad de reformar las instituciones es muy loable, pero las tensiones que está viviendo su imperio son enormes.
Bajo la tenaza de dos poderosos imperios, el británico y el ruso, el pasado glorioso de sus antecesores queda cada vez más lejano. Esplendores pasados que contrastan con la actual decadencia de un modelo de sociedad en el que nada hace presagiar que, con el siglo XX en el horizonte, este le vaya a ser más benévolo.
“Que seas tan grande como Osman”, así lo aclamó su pueblo cuando subió al poder, como a tantos otros sultanes antes que a él. No podía ser de otra forma, era descendiente directo del negro Osman, del gran Osman I; era descendiente del combatiente de la fe, del triunfador, de aquel que siglos atrás dio nombre al Imperio Otomano.
Hacía ya casi un año que, en este mismo palacio, nuestro pensativo Abd-ul-Mejid I había recibido al Príncipe Alexander Sergeyevich Menshikov. Una visita de Menshikov no era algo para tomarse a la ligera; no, cuando no tratándose de una visita de cortesía sólo podía indicar que el Zar estaba disgustado con el Sultán.
Menshikov había sido, a lo largo de su dilatada vida, otras muchas cosas además de Príncipe. Sus orígenes nobles y su experiencia en el terreno de las relaciones internacionales le colocaron muy cerca del Zar Alejandro I, estuvo tan cerca de él que le acompaño durante la guerra contra Napoleón. Pero a la Ciudad de Constantino —así era conocida por entonces la que después se llamaría finalmente Estambul— no le mandó Alejandro I, no podía hacer tal cosa pues estaba muerto; fue el hermano de este, Nicolás I, quien le encomendó la misión de evitar lo inevitable.
Durante siglos Palestina fue el escenario de cruentas batallas; y Jerusalén, su capital, el teatro de constantes enfrentamientos religiosos. Motivos para ello nunca faltaban, pero la custodia del Santo Sepulcro era uno de los más recurrentes. Reclamado por cristianos católicos y ortodoxos, ninguno quería renunciar a su control. No se trataba sólo de poseer el lugar donde se enterró a Cristo, no era tampoco el hecho de ser la primera iglesia y lugar más sagrado de la cristiandad lo que le hacía tan apetecible; el Santo Sepulcro era el lugar donde resucitó el hijo de Dios, era el Sancta Sanctorum de la cristiandad.
El tiempo, lejos de atemperar los ánimos, los fue exaltando. Católicos y ortodoxos se dirigieron al Sultán Abd-ul-Mejid —Palestina formaba parte de su extenso imperio— para que este decidiera a quien de ellos pertenecían los recintos sagrados. Lamentablemente, el Sultán no era el Rey Salomón y tuvo que tomar partido, haciéndolo en favor de los cristianos católicos; ello enfureció a los cristianos ortodoxos que solicitaron el apoyo de la Madre Rusia y de su Zar, y de su poder, y de su ejército.
Esto fue, palabra por palabra, lo que le dejó claro el Príncipe Menshikov cuando se reunió con él. Le recordó también, al bueno del Sultán, que el Zar era garante personal de la seguridad de la iglesia ortodoxa y que ello le legitimaba para actuar en cualquier parte del mundo en que hubiera creyentes ortodoxos en situaciones delicadas.
Y así se encontraban las negociaciones entre el Zar y el Sultán cuando hizo su aparición Lord Stratford. Este, en nombre del Imperio Británico, le pidió al Sultán que no formalizara el nuevo tratado con el Zar Nicolás I; le garantizó su seguridad personal y la de su imperio, en nombre de la Gran Bretaña.
¿Qué se le había perdido al Imperio Británico en Crimea? Quizá eso mismo fue lo que se preguntó alguna vez la mismísima Reina Victoria. Pero la verdad es que cuando una es la cabeza de un imperio y el símbolo de una era, tiene poco tiempo para pensar en menudencias. ¿Se tiene que ir? Pues se va, no importa el motivo; se va en nombre del Imperio, se va en nombre de la Reina, se va y punto.
Nicolás I molesto por el desplante invadió Moldavia y Valaquia, territorios otomanos con presencia de cristianos ortodoxos. Durante un tiempo, en Viena, se intentó negociar una paz, pero la suerte estaba ya echada; el Sultán mandó a su ejército para oponerse al del Zar.
La flota rusa destruyó a la otomana y sus ejércitos se asentaron en terreno turco, el pánico cundió en las cancillerías británicas y francesas; un nuevo Napoleón, con apellidos rusos, se paseaba por Europa. Mandaron un ultimátum al Zar que este desoyó, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra. Austria que veía pasearse a las tropas del Zar por las azules aguas de su Danubio les apoyó.
Caliente todavía el cadáver de Napoleón los ejércitos europeos volvían a estar movilizados, cercanas en el recuerdo las Guerras Napoleónicas, Europa volvía a estar en guerra. La guerra que tenía que terminar con todas las guerras futuras y dotar al viejo, y castigado, continente de 1000 años de paz y estabilidad. La guerra que, en definitiva, determinaría que potencia europea gobernaría el mundo durante los próximos años.
Y así estaban las cosas, la mañana del 25 de octubre de 1854, cuando en el valle de Balaclava todo estaba listo para que los acontecimientos de este día pasaran a ocupar su lugar destacado en la historia.
La carga de la Brigada Pesada contra las tropas rusas había sido un éxito rotundo. Los mandos de la Brigada Ligera habían intentado intervenir en la fase final de la batalla, pero no se lo permitieron. Toda la gloria del día sería pues para la brigada rival. Sólo Lord Raglan podía evitarlo. Veterano de las Guerras Napoleónicas, este militar de carrera, todavía continuaba llamando aliados a los rusos y enemigos a los franceses. Instalado en su centro de mando podía observar en la lejanía como los rusos huían en desbandada. Esto le ofrecía a nuestro veterano la oportunidad de conseguir su momento de gloria.
Al mando de la División de Caballería — formada por la Caballería Pesada y la Caballería Ligera— estaba George Bingham, 3º Conde de Luncan, noble británico que compró con el dinero de su familia su cargo militar; su fortuna, pero, no compró ni la fidelidad ni el respeto de sus hombres, ya fueran oficiales o soldados. Y si, de entre todos ellos, había alguno que destacara por su desprecio hacia Luncan este no era otro que su cuñado James Brudenell, 7º Conde de Cardigan, al mando de la Brigada Ligera y formada por el 4º y 13º Regimiento de Dragones, el 8º y 11º Regimiento de Húsares y el 17º Regimiento de Lanceros.
Lord Raglan decidió atacar con la infantería las posiciones que las tropas rusas ocupaban en las colinas que envolvían el valle, mientras la caballería aprovecharía la desbandada generada para atacar a las tropas que huirían por este.
Mandó un comunicado a Luncan para que avanzara por el valle y terminara con las fuerzas rusas que huían por este, siendo apoyados en la maniobra por la infantería. Dado que la caballería estaba más adelantada dentro del valle que la infantería, Luncan interpretó que tenía que esperar a esta para el ataque y ordenó que la caballería se detuviese.
Lord Raglan furioso por la espera mandó una nueva orden escrita en que decía textualmente que la caballería avanzase hacia el frente para evitar que los enemigos se llevaran sus baterías de artillería. Le entregó la orden al Capitán Louis Edward Nolan añadiendo, voz en grito, que atacaran inmediatamente. Nolan fue al encuentro de Luncan, el cual después de leer la nota se quedó pensativo sobre el contenido de la misma. Nolan al ver que Luncan no atacaba le recordó que las órdenes eran atacar de inmediato, a lo que Luncan le respondió que no sabía a que artillería atacar. Nolan impaciente le señaló no ya las tropas que huían de las colinas, sino la artillería enemiga al final del valle —oportuna imputación del error al Capitán Nolan, como podremos ver más tarde—.
Luncan se dirigió entonces a su cuñado ordenándole cargar contra la artillería sólidamente guarnecida al final del valle. Este se permitió recordarle al primero que las tropas rusas, además de tener una sólida posición al fondo del valle, tenían también tropas a ambos lados; teniendo pues la Bridada Ligera que hacer frente a tres ataques simultáneos durante su carga. La respuesta de Luncan fue abandonar el campo de batalla y cabalgar hacia el centro de mando de su brigada, mientras Cardigan se dirigía hacia sus tropas para arengarlas antes del combate.
Cardigan al frente, ordenó a la Brigada Ligera que se internara en el valle, primero al paso, después al trote y finalmente al galope. Todavía faltaba un kilómetro para llegar al frente ruso, cuando los flancos de la brigada recibían fuego sin parar.
Cuando finalmente consiguieron llegar ante la artillería rusa y sobrepasarla, se encontraron con la caballería cosaca que les esperaba detrás. Y una vez sobrepasada también esta con su carga, se encontraron con la ingrata tarea de tener que volver de nuevo a sus líneas, repitiendo el camino que terminaban de hacer pero esta vez en sentido contrario.
Viendo todo el drama que se estaba originando Luncan decidió ir en su ayuda con la Brigada Pesada, pero en el último momento se replanteó su ayuda, detuvo a la Brigada Pesada y se marchó en retirada, eso sí, con una pierna herida.
Pocos fueron los hombres de la Brigada Ligera que sobrevivieron al Valle de la Muerte.
Nolan murió en el valle. Una vez transmitida la orden a Luncan pidió incorporarse al 17º de Lanceros durante el ataque y murió junto a ellos.
Cardigan sobrevivió y fue aclamado como un héroe por los hombres. Murió unos años después, negando siempre ser responsable de la orden que tuvo que cumplir aunque fuera insensata.
Lord Raglan murió de disentería un año después, antes tuvo tiempo de culpar de la catástrofe a Luncan.
George Bingham, 3º Conde de Luncan, vivió bastantes años. A su vuelta a Londres se defendió, ante la Cámara de los Lores, culpando de los errores cometidos a Raglan y a Nolan. Sin duda le creyeron, pues al poco tiempo recibió la Order of the Bath y llegó a ser Mariscal de Campo.
El resto ya es historia. El General francés Pierre Bosquet manifestó ante la gesta: “es magnífico, pero esto no es la guerra”; el poeta victoriano Alfred Tennyson, Lord Tennyson, les escribió un poema de recuerdo a los nobles seiscientos; y el Imperio Británico, siempre tan atento con sus héroes, les hizo un grupo escultórico en la Waterloo Place; lugar donde comparten la eternidad junto a Florence Nightingale y Sydney Herbert.
...
II
"¡Adelante, la Brigada Ligera!"
¿Algún hombre desfallecido?
Ni aunque el soldado supiera
Que alguien cometió un error:
No era cosa suya replicar,
Ni preguntarse por qué,
Sólo cumplir su deber y morir:
Hacia el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
III
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones ante sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Cabalgaron con audacia,
Hacia las fauces de la Muerte,
Hacia la boca del Infierno
Cabalgaron los seiscientos.
IV
Brillaron sus sables desnudos,
Destellaron al girar en el aire,
Para golpear a los artilleros,
Cargando contra un ejército,
Que asombró al mundo entero:
Zambulléndose en el humo de las baterías
Cruzaron las líneas;
Cosacos y rusos
Retrodecieron ante el tajo de los sables
Hechos añicos, dispersáronse.
Entonces regresaron, pero no
No los seiscientos.
V
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones detrás de sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Mientras caballo y héroe caían,
Los que tan bien habían luchado
Entre las fauces de la Muerte
Volvieron de la boca del Infierno,
Todo lo que de ellos quedó,
Lo que quedó de los seiscientos.
VI
¿Cuándo se marchita su gloria?
¡Oh qué carga tan valiente la suya!
Al mundo entero maravillaron.
¡Honrad la carga que hicieron!
¡Honrad a la Brigada Ligera,
A los nobles seiscientos! *
Estamos a finales de octubre de 1854 y Europa se encuentra de nuevo en guerra. La contribución de Florence Nightingale a la causa del imperio será enorme, tan enorme como la estatua que en agradecimiento este le construirá en Waterloo Place; lugar donde también compartirá eternidad con Sydney Herbert.
Florence tuvo una vida apasionante ¿No la conoces? Ya ves, la vida es así de injusta. Incluso la Señora de la Lámpara ha pasado al olvido. Sí, claro, de todo ello hace ya demasiados años, pero es gracias a personas como Florence Nightingale que los horrores de la historia quedan bajo la luz de una lámpara. Lámpara que quizás no sirva para iluminarnos, pero si que sirve para mostrarnos los horrores de una guerra.
Muy lejos del Londres victoriano el Sultán estaba pensativo, motivos tenia para ello mientras paseaba por los jardines del Palacio de Topkapi. Abd-ul-Mejid I es un digno sucesor de su padre. Padre al que sucedió con sólo 15 años, de ello hace ya media vida, convirtiéndose desde entonces en Sultán del Imperio Otomano. Su voluntad de reformar las instituciones es muy loable, pero las tensiones que está viviendo su imperio son enormes.
Bajo la tenaza de dos poderosos imperios, el británico y el ruso, el pasado glorioso de sus antecesores queda cada vez más lejano. Esplendores pasados que contrastan con la actual decadencia de un modelo de sociedad en el que nada hace presagiar que, con el siglo XX en el horizonte, este le vaya a ser más benévolo.
“Que seas tan grande como Osman”, así lo aclamó su pueblo cuando subió al poder, como a tantos otros sultanes antes que a él. No podía ser de otra forma, era descendiente directo del negro Osman, del gran Osman I; era descendiente del combatiente de la fe, del triunfador, de aquel que siglos atrás dio nombre al Imperio Otomano.
Hacía ya casi un año que, en este mismo palacio, nuestro pensativo Abd-ul-Mejid I había recibido al Príncipe Alexander Sergeyevich Menshikov. Una visita de Menshikov no era algo para tomarse a la ligera; no, cuando no tratándose de una visita de cortesía sólo podía indicar que el Zar estaba disgustado con el Sultán.
Menshikov había sido, a lo largo de su dilatada vida, otras muchas cosas además de Príncipe. Sus orígenes nobles y su experiencia en el terreno de las relaciones internacionales le colocaron muy cerca del Zar Alejandro I, estuvo tan cerca de él que le acompaño durante la guerra contra Napoleón. Pero a la Ciudad de Constantino —así era conocida por entonces la que después se llamaría finalmente Estambul— no le mandó Alejandro I, no podía hacer tal cosa pues estaba muerto; fue el hermano de este, Nicolás I, quien le encomendó la misión de evitar lo inevitable.
Durante siglos Palestina fue el escenario de cruentas batallas; y Jerusalén, su capital, el teatro de constantes enfrentamientos religiosos. Motivos para ello nunca faltaban, pero la custodia del Santo Sepulcro era uno de los más recurrentes. Reclamado por cristianos católicos y ortodoxos, ninguno quería renunciar a su control. No se trataba sólo de poseer el lugar donde se enterró a Cristo, no era tampoco el hecho de ser la primera iglesia y lugar más sagrado de la cristiandad lo que le hacía tan apetecible; el Santo Sepulcro era el lugar donde resucitó el hijo de Dios, era el Sancta Sanctorum de la cristiandad.
El tiempo, lejos de atemperar los ánimos, los fue exaltando. Católicos y ortodoxos se dirigieron al Sultán Abd-ul-Mejid —Palestina formaba parte de su extenso imperio— para que este decidiera a quien de ellos pertenecían los recintos sagrados. Lamentablemente, el Sultán no era el Rey Salomón y tuvo que tomar partido, haciéndolo en favor de los cristianos católicos; ello enfureció a los cristianos ortodoxos que solicitaron el apoyo de la Madre Rusia y de su Zar, y de su poder, y de su ejército.
Esto fue, palabra por palabra, lo que le dejó claro el Príncipe Menshikov cuando se reunió con él. Le recordó también, al bueno del Sultán, que el Zar era garante personal de la seguridad de la iglesia ortodoxa y que ello le legitimaba para actuar en cualquier parte del mundo en que hubiera creyentes ortodoxos en situaciones delicadas.
Y así se encontraban las negociaciones entre el Zar y el Sultán cuando hizo su aparición Lord Stratford. Este, en nombre del Imperio Británico, le pidió al Sultán que no formalizara el nuevo tratado con el Zar Nicolás I; le garantizó su seguridad personal y la de su imperio, en nombre de la Gran Bretaña.
¿Qué se le había perdido al Imperio Británico en Crimea? Quizá eso mismo fue lo que se preguntó alguna vez la mismísima Reina Victoria. Pero la verdad es que cuando una es la cabeza de un imperio y el símbolo de una era, tiene poco tiempo para pensar en menudencias. ¿Se tiene que ir? Pues se va, no importa el motivo; se va en nombre del Imperio, se va en nombre de la Reina, se va y punto.
Nicolás I molesto por el desplante invadió Moldavia y Valaquia, territorios otomanos con presencia de cristianos ortodoxos. Durante un tiempo, en Viena, se intentó negociar una paz, pero la suerte estaba ya echada; el Sultán mandó a su ejército para oponerse al del Zar.
La flota rusa destruyó a la otomana y sus ejércitos se asentaron en terreno turco, el pánico cundió en las cancillerías británicas y francesas; un nuevo Napoleón, con apellidos rusos, se paseaba por Europa. Mandaron un ultimátum al Zar que este desoyó, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra. Austria que veía pasearse a las tropas del Zar por las azules aguas de su Danubio les apoyó.
Caliente todavía el cadáver de Napoleón los ejércitos europeos volvían a estar movilizados, cercanas en el recuerdo las Guerras Napoleónicas, Europa volvía a estar en guerra. La guerra que tenía que terminar con todas las guerras futuras y dotar al viejo, y castigado, continente de 1000 años de paz y estabilidad. La guerra que, en definitiva, determinaría que potencia europea gobernaría el mundo durante los próximos años.
Y así estaban las cosas, la mañana del 25 de octubre de 1854, cuando en el valle de Balaclava todo estaba listo para que los acontecimientos de este día pasaran a ocupar su lugar destacado en la historia.
La carga de la Brigada Pesada contra las tropas rusas había sido un éxito rotundo. Los mandos de la Brigada Ligera habían intentado intervenir en la fase final de la batalla, pero no se lo permitieron. Toda la gloria del día sería pues para la brigada rival. Sólo Lord Raglan podía evitarlo. Veterano de las Guerras Napoleónicas, este militar de carrera, todavía continuaba llamando aliados a los rusos y enemigos a los franceses. Instalado en su centro de mando podía observar en la lejanía como los rusos huían en desbandada. Esto le ofrecía a nuestro veterano la oportunidad de conseguir su momento de gloria.
Al mando de la División de Caballería — formada por la Caballería Pesada y la Caballería Ligera— estaba George Bingham, 3º Conde de Luncan, noble británico que compró con el dinero de su familia su cargo militar; su fortuna, pero, no compró ni la fidelidad ni el respeto de sus hombres, ya fueran oficiales o soldados. Y si, de entre todos ellos, había alguno que destacara por su desprecio hacia Luncan este no era otro que su cuñado James Brudenell, 7º Conde de Cardigan, al mando de la Brigada Ligera y formada por el 4º y 13º Regimiento de Dragones, el 8º y 11º Regimiento de Húsares y el 17º Regimiento de Lanceros.
Lord Raglan decidió atacar con la infantería las posiciones que las tropas rusas ocupaban en las colinas que envolvían el valle, mientras la caballería aprovecharía la desbandada generada para atacar a las tropas que huirían por este.
Mandó un comunicado a Luncan para que avanzara por el valle y terminara con las fuerzas rusas que huían por este, siendo apoyados en la maniobra por la infantería. Dado que la caballería estaba más adelantada dentro del valle que la infantería, Luncan interpretó que tenía que esperar a esta para el ataque y ordenó que la caballería se detuviese.
Lord Raglan furioso por la espera mandó una nueva orden escrita en que decía textualmente que la caballería avanzase hacia el frente para evitar que los enemigos se llevaran sus baterías de artillería. Le entregó la orden al Capitán Louis Edward Nolan añadiendo, voz en grito, que atacaran inmediatamente. Nolan fue al encuentro de Luncan, el cual después de leer la nota se quedó pensativo sobre el contenido de la misma. Nolan al ver que Luncan no atacaba le recordó que las órdenes eran atacar de inmediato, a lo que Luncan le respondió que no sabía a que artillería atacar. Nolan impaciente le señaló no ya las tropas que huían de las colinas, sino la artillería enemiga al final del valle —oportuna imputación del error al Capitán Nolan, como podremos ver más tarde—.
Luncan se dirigió entonces a su cuñado ordenándole cargar contra la artillería sólidamente guarnecida al final del valle. Este se permitió recordarle al primero que las tropas rusas, además de tener una sólida posición al fondo del valle, tenían también tropas a ambos lados; teniendo pues la Bridada Ligera que hacer frente a tres ataques simultáneos durante su carga. La respuesta de Luncan fue abandonar el campo de batalla y cabalgar hacia el centro de mando de su brigada, mientras Cardigan se dirigía hacia sus tropas para arengarlas antes del combate.
Cardigan al frente, ordenó a la Brigada Ligera que se internara en el valle, primero al paso, después al trote y finalmente al galope. Todavía faltaba un kilómetro para llegar al frente ruso, cuando los flancos de la brigada recibían fuego sin parar.
Cuando finalmente consiguieron llegar ante la artillería rusa y sobrepasarla, se encontraron con la caballería cosaca que les esperaba detrás. Y una vez sobrepasada también esta con su carga, se encontraron con la ingrata tarea de tener que volver de nuevo a sus líneas, repitiendo el camino que terminaban de hacer pero esta vez en sentido contrario.
Viendo todo el drama que se estaba originando Luncan decidió ir en su ayuda con la Brigada Pesada, pero en el último momento se replanteó su ayuda, detuvo a la Brigada Pesada y se marchó en retirada, eso sí, con una pierna herida.
Pocos fueron los hombres de la Brigada Ligera que sobrevivieron al Valle de la Muerte.
Nolan murió en el valle. Una vez transmitida la orden a Luncan pidió incorporarse al 17º de Lanceros durante el ataque y murió junto a ellos.
Cardigan sobrevivió y fue aclamado como un héroe por los hombres. Murió unos años después, negando siempre ser responsable de la orden que tuvo que cumplir aunque fuera insensata.
Lord Raglan murió de disentería un año después, antes tuvo tiempo de culpar de la catástrofe a Luncan.
George Bingham, 3º Conde de Luncan, vivió bastantes años. A su vuelta a Londres se defendió, ante la Cámara de los Lores, culpando de los errores cometidos a Raglan y a Nolan. Sin duda le creyeron, pues al poco tiempo recibió la Order of the Bath y llegó a ser Mariscal de Campo.
El resto ya es historia. El General francés Pierre Bosquet manifestó ante la gesta: “es magnífico, pero esto no es la guerra”; el poeta victoriano Alfred Tennyson, Lord Tennyson, les escribió un poema de recuerdo a los nobles seiscientos; y el Imperio Británico, siempre tan atento con sus héroes, les hizo un grupo escultórico en la Waterloo Place; lugar donde comparten la eternidad junto a Florence Nightingale y Sydney Herbert.
...
II
"¡Adelante, la Brigada Ligera!"
¿Algún hombre desfallecido?
Ni aunque el soldado supiera
Que alguien cometió un error:
No era cosa suya replicar,
Ni preguntarse por qué,
Sólo cumplir su deber y morir:
Hacia el valle de la Muerte
Cabalgaron los seiscientos.
III
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones ante sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Cabalgaron con audacia,
Hacia las fauces de la Muerte,
Hacia la boca del Infierno
Cabalgaron los seiscientos.
IV
Brillaron sus sables desnudos,
Destellaron al girar en el aire,
Para golpear a los artilleros,
Cargando contra un ejército,
Que asombró al mundo entero:
Zambulléndose en el humo de las baterías
Cruzaron las líneas;
Cosacos y rusos
Retrodecieron ante el tajo de los sables
Hechos añicos, dispersáronse.
Entonces regresaron, pero no
No los seiscientos.
V
Cañones a su derecha,
Cañones a su izquierda,
Cañones detrás de sí
Descargaron y tronaron;
Azotados por balas y metralla,
Mientras caballo y héroe caían,
Los que tan bien habían luchado
Entre las fauces de la Muerte
Volvieron de la boca del Infierno,
Todo lo que de ellos quedó,
Lo que quedó de los seiscientos.
VI
¿Cuándo se marchita su gloria?
¡Oh qué carga tan valiente la suya!
Al mundo entero maravillaron.
¡Honrad la carga que hicieron!
¡Honrad a la Brigada Ligera,
A los nobles seiscientos! *
La carga de la Brigada Ligera (1854) – Lord Tennyson
*
I
Half a league, half a league,
Half a league onward,
All in the valley of Death
Rode the six hundred.
"Forward, the Light Brigade!
"Charge for the guns!" he said:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.
II
"Forward, the Light Brigade!"
Was there a man dismay'd?
Not tho' the soldier knew
Someone had blunder'd:
Their's not to make reply,
Their's not to reason why,
Their's but to do and die:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.
III
Cannon to right of them,
Cannon to left of them,
Cannon in front of them
Volley'd and thunder'd;
Storm'd at with shot and shell,
Boldly they rode and well,
Into the jaws of Death,
Into the mouth of Hell
Rode the six hundred.
IV
Flash'd all their sabres bare,
Flash'd as they turn'd in air,
Sabring the gunners there,
Charging an army, while
All the world wonder'd:
Plunged in the battery-smoke
Right thro' the line they broke;
Cossack and Russian
Reel'd from the sabre stroke
Shatter'd and sunder'd.
Then they rode back, but not
Not the six hundred.
V
Cannon to right of them,
Cannon to left of them,
Cannon behind them
Volley'd and thunder'd;
Storm'd at with shot and shell,
While horse and hero fell,
They that had fought so well
Came thro' the jaws of Death
Back from the mouth of Hell,
All that was left of them,
Left of six hundred.
VI
When can their glory fade?
O the wild charge they made!
All the world wondered.
Honor the charge they made,
Honor the Light Brigade,
Noble six hundred!
Half a league onward,
All in the valley of Death
Rode the six hundred.
"Forward, the Light Brigade!
"Charge for the guns!" he said:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.
II
"Forward, the Light Brigade!"
Was there a man dismay'd?
Not tho' the soldier knew
Someone had blunder'd:
Their's not to make reply,
Their's not to reason why,
Their's but to do and die:
Into the valley of Death
Rode the six hundred.
III
Cannon to right of them,
Cannon to left of them,
Cannon in front of them
Volley'd and thunder'd;
Storm'd at with shot and shell,
Boldly they rode and well,
Into the jaws of Death,
Into the mouth of Hell
Rode the six hundred.
IV
Flash'd all their sabres bare,
Flash'd as they turn'd in air,
Sabring the gunners there,
Charging an army, while
All the world wonder'd:
Plunged in the battery-smoke
Right thro' the line they broke;
Cossack and Russian
Reel'd from the sabre stroke
Shatter'd and sunder'd.
Then they rode back, but not
Not the six hundred.
V
Cannon to right of them,
Cannon to left of them,
Cannon behind them
Volley'd and thunder'd;
Storm'd at with shot and shell,
While horse and hero fell,
They that had fought so well
Came thro' the jaws of Death
Back from the mouth of Hell,
All that was left of them,
Left of six hundred.
VI
When can their glory fade?
O the wild charge they made!
All the world wondered.
Honor the charge they made,
Honor the Light Brigade,
Noble six hundred!
The Charge of the Light Brigade

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