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Escudella i carn d'olla





- ¿Irás a votar?
- No me apetece, la verdad.
- ¿Y eso?
- Pues…


Dentro de pocos días, en mi pequeño país, se van a celebrar elecciones. Aún recuerdo la primera vez que fui a votar, y no sólo para acompañar a mis padres, hace veinte años. Podría haber ido a votar unos años antes pero o bien no tenía la edad necesaria o cuando la llegué a tener no hubo elecciones.
Mi estreno fue para votar no en el Referéndum de la OTAN. Y mira que me costó poder votar, por entonces estaba haciendo el servicio militar y tuve que votar por correo, y no es que los puñeteros militares me lo pusieran fácil, no.


Después ha habido otras muchas elecciones: locales, autonómicas, generales, referéndums y al Parlamento Europeo. A todas ellas he ido yo contento y feliz de poder ejercer mi derecho democrático a escoger quien me va a joder durante los próximos cuatro años.
Sí, quizá no sea la mejor forma de expresarlo, pero en el fondo es eso. En este puñetero sistema democrático —ya sabéis, el menos malo de todos los sistemas— del que gozamos, lo único que acabamos escogiendo es el tamaño de la penca con que nos van a azotar, que dicho así suena más fino. Sí, ya se, parezco un descreído. Parezco alguien a quien toda esta parafernalia electoral le empieza a cansar; y, ¡caray!, así será si así lo parece.
¿Qué me cansa? Me cansa la laxitud de los líderes que se presentan, me cansa la retórica de los partidos, me cansa la falta de propuestas, me cansa esa absurda sensación de que gane quien gane nada va a cambiar.


Yo siempre he sido de izquierdas, cada vez más centrado con el paso de los años pero de izquierdas. Ya no busco ni siquiera revoluciones, recuerdo con mayor facilidad el himno del Barça que la Internacional, y los puños ya sólo los levanto para ponerme las camisas; pero de eso al hastío del actual panorama político, pues que queréis que os diga, hay un trecho.


En mi pequeño país los partidos mayoritarios se llaman de centro —de centro, de centro que este es muy amplio y cabemos todos, oigo decir al unísono a CiU, PSC y PP— Luego están los marginales, aquellos que por su reducido tamaño aún se pueden permitir situarse al margen del centro sociológico, del centro que da y quita gobiernos —ERC, ICV y uno de un tío en pelotas de cuyo nombre no quiero acordarme— Y hecha esta primera separación estos mismos partidos se clasifican en nacionalistas —catalanes— y no nacionalistas —es decir, nacionalistas españoles—


Primero tenemos a CiU ¡Ay de los vencidos!, Vae Victis se tuvieron que escuchar los orgullosos romanos del jefe galo que les había vencido ¿Podrá sobrevivir esta coalición de intereses espurios a otra travesía del desierto? Ellos, que siempre se han sacrificado por el país, por Catalunya, y por la Senyera, y por su cartera. Ellos, que han renunciado a tantas cosas, y no sólo al 3%; por este, mi pequeño país. Ellos, que desde la pérdida del gran Pujol I han tenido que confiar en Arturo Mas. Sí, ahora se hace llamar Artur, pero es que uno ya tiene una edad para ir comulgando con ruedas de molino, ¿verdad Arturito?
Pues eso, que esta federación sólo ha tenido sentido cuando ha tocado poder, si esta vez no logra la presidencia, que va a ser que no, lo tienen mal. Unió, ese gran partido que, todavía a día de hoy, nadie sabe quien coño le vota se separará de la casa común del centro derecha tardo-franco-catalanista; y Convergència, entonando a dos voces Els Segadors y El Virolai se lanzará al monte, por Catalunya eso sí, siempre por Catalunya. Con Pujol II, el Patillas, a la cabeza de esa nueva generación de hijos del poder.


Luego tenemos a ese otro pequeño gran partido nacionalista de derechas, el PPC. ¿Nacionalista el PP? Coño claro, nacionalista español, ¿o es que ahora sólo habrá nacionalistas catalanistas?
Con el liderazgo de Piqué, no me cabe la menor duda, volverá a conseguir otra derrota victoriosa. Pocos partidos políticos he visto que sean capaces de transformar derrotas en victorias con la elegancia del PPC.
Dicen las malas lenguas que a Piqué se le ha aparecido la Moreneta. Que en su visita esta le ha confirmado que CiU pactaría con él. Que su grupo sería quien sin entrar nunca en el gobierno de la Generalitat, hay que guardar las formas, apoyaría desde el Parlament a CiU, que finalmente su partido sería determinante en Catalunya. Las mismas malas lenguas afirman que el bueno de Piqué se abrazó a la Moreneta y con lágrimas en los ojos le agradeció la revelación.
Podríamos hablar durante mucho más tiempo del PPC, pero no merece la pena perder el tiempo con grupos marginales.


Y, ya que hablamos de grupos marginales, pasemos a hablar de ICV. No lo voy a negar, esta agrupación de postcomunistas y ecologistas, creo que se hacen llamar ecosocialistas, siempre ha despertado en mí una incontrolable ternura.
¿Dónde tiene ICV su bolsa electoral? La pregunta es fácil, y me temo que la respuesta también. A ICV sólo le votan en Barcelona ciudad y alrededores; les ocurre como a los taxis de Barcelona, sólo los encuentras dentro de l’Àrea Metropolitana, y cuando no llueve.
Cuando estos ecosocialistas salen de la capital para refundar los sistemas sostenibles de los pueblos catalanes, ya se sabe que en los pueblos somos muy nuestros, sus habitantes les corren a barretinazos; y es que resulta muy difícil de asimilar que buena parte del territorio catalán se tenga que acabar convirtiendo —a mayor gloria de la izquierda de Pedralbes— en una reserva india, donde las infraestructuras y los servicios sólo se puedan ver por la televisión, y donde la vida de la ardilla roja —sciurus vulgaris para los iniciados— sea más importante que la vida del pobre Quimet de Can Collons.


¿Será el PSC el último recurso que nos queda para el voto útil de izquierdas? Me temo que no. Del acrónimo que le da nombre sólo queda vigente lo de Partido.
Socialista dejó de serlo hace ya muchos años. Catalunya ha pasado de ser un referente ideológico a una bolsa de votos para el PSOE. Así pues sólo nos queda un Partido, partido. Partido entre los antiguos dirigentes catalanistas de la burguesía barcelonesa y los nuevos catalanes del cinturón industrial. Los Reventós, Pallach, Obiols, Serra y Maragall han dado paso a los Montilla, de Madre, Iceta, Zaragoza y Corbacho. Es una apuesta válida pero arriesgada. ¿Serán capaces de movilizar el voto del cinturón industrial? ¿Podrán motivar al voto inmigrante que nunca vota en unas elecciones catalanas? ¿Repetirán el amargo tripartito? ¿Se plegarán a la voluntad del PSOE y pactarán con CiU?


Nacida de la fusión, en los años 30 del siglo pasado, del Estat Català de Francesc Macià y el Partit Republicà Català de Lluis Companys, ERC ha pasado de ser un partido de gobierno a un partido bisagra con vocación de gobierno.
De ERC me gusta que se declare republicano, sin avergonzarse por ello. Me gusta que sea de izquierdas, sin avergonzarse por ello. Me gusta que sea catalanista, sin avergonzarse por ello. Me gusta —como diría el gran Joan Manuel Serrat— todo de ERC, me gusta todo de ERC menos ERC.
¿Tengo problemas de dualidad? Seguramente sí, pero es lo que hay. En un mundo global como el nuestro las posturas localistas cada vez me desagradan más. Cada vez se me hace más difícil aplicar el viejo principio que para ser universal se tiene que ser local; prefiero cambiar el axioma y pensar que para significar la singularidad se debe hacer desde la universalidad, desde la diversidad.




- ¿Irás a votar?
- No me apetece, la verdad.
- ¿Y eso?
- Pues que tengo muy claro a quien no votar, pero no tengo ni puñetera idea de a quien votar.

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