Hace quince días que no publico nada. ¿Mucho tiempo? Quizá sí, que sea mucho tiempo. Pero, ¿qué es el tiempo? ¿Cuál es la verdadera noción del tiempo? Marcel Proust la buscó durante toda una vida. Quizás, finalmente, la terminó encontrando, o quizás no.
Hoy en el periódico aparece una noticia sobre una mujer que a los 30 años se encerró en su casa, precintó las ventanas, cerró las puertas, y limitó todo contacto con el exterior a las visitas de un hermano; el cual le dejaba, a pié de puerta, comida homogenizada.
El motivo que provocó el encierro de esta mujer fue el miedo a enfermar, el miedo a que el aire, la comida o el simple contacto físico con otra persona le hicieran enfermar. Y así estuvo la buena mujer durante… 26 años.
Veintiséis años encerrada sin ver ni hablar directamente con nadie. Veintiséis años durante los cuales su único contacto con la realidad exterior han sido la radio, la televisión y el teléfono.
La mujer, por si le interesa a alguien, se llama Carmela. Su historia ha salido a la luz al caer enferma.
Carmela, por orden judicial, ha sido ingresada en un hospital. Un juez, en el ejercicio de su cabalidad, ha decidido que no está bien de la cabeza. Ahora Carmela estará también encerrada, quizás durante otros veintiséis años. Pero esta vez, estará encerrada por su bien, para cuidar de su salud. ¿No os parece irónica la vida?
Pobre Carmela. Preocupada por su salud ha terminado sola y loca. Si hubiera sido más lista, si hubiera estado más sana, habría dicho que tuvo una visión; que se le apareció La Virgen y le dio una tarea en la vida. Ahora, si hubiera hecho esto, nadie se burlaría de ella y le llamarían anacoreta.
Esta historia coincide, en el tiempo, con la de Natascha Kampusch. Natascha, por si alguien lo ha olvidado, es la chica que con diez años fue secuestrada y ha estado conviviendo con su secuestrador los ocho últimos años de su vida.
Durante este tiempo el secuestrador ha sido su infame Pigmalión. Sobre la niña ha cincelado su ideal de mujer. Una mujer que pueda cumplir en todo momento con sus absurdos sueños de misógino. Finalmente la chica huyó de su recreador y este, sin motivos para seguir viviendo, se suicidó.
Durante los ocho años de cautiverio a Natascha le han robado su niñez y su juventud, le han privado de su justo derecho a desarrollarse como persona, como ser humano; y lo peor de todo es que quizás nunca llegue a tener esa sensación de pérdida, de desventaja ¿Cómo va a poder saber lo que se ha perdido, si nunca ha tenido la conciencia empírica de haberlo necesitado?
Los dos casos son muy diferentes, ciertamente, pero ambos tienen en común aquello que Marcel Proust recogió en siete libros a los que llamó En busca del tiempo perdido.
¿Qué recuerdos tendrán estas dos mujeres de estos años perdidos? ¿Cuáles serán los vínculos que les habrán creado? ¿Les será posible retener en su memoria el sabor, la textura, el aroma de una magdalena?
Cuando Carmela decidió apartarse del mundo, para cuidar de su salud, yo tenía 14 años.
¿Qué era de mi vida en el lejano 1980? Seguro que alguno de vosotros, que está en estos momentos visitando este blog, ni siquiera había nacido. Yo sí que había nacido, de esa época me pertenecen recuerdos y vivencias. Los años que han pasado me han permitido, aún a riesgo de perder la vida en el intento, vivir; me han permitido guardar el recuerdo del sabor, la textura, el aroma de una simple magdalena.
El motivo que provocó el encierro de esta mujer fue el miedo a enfermar, el miedo a que el aire, la comida o el simple contacto físico con otra persona le hicieran enfermar. Y así estuvo la buena mujer durante… 26 años.
Veintiséis años encerrada sin ver ni hablar directamente con nadie. Veintiséis años durante los cuales su único contacto con la realidad exterior han sido la radio, la televisión y el teléfono.
La mujer, por si le interesa a alguien, se llama Carmela. Su historia ha salido a la luz al caer enferma.
Carmela, por orden judicial, ha sido ingresada en un hospital. Un juez, en el ejercicio de su cabalidad, ha decidido que no está bien de la cabeza. Ahora Carmela estará también encerrada, quizás durante otros veintiséis años. Pero esta vez, estará encerrada por su bien, para cuidar de su salud. ¿No os parece irónica la vida?
Pobre Carmela. Preocupada por su salud ha terminado sola y loca. Si hubiera sido más lista, si hubiera estado más sana, habría dicho que tuvo una visión; que se le apareció La Virgen y le dio una tarea en la vida. Ahora, si hubiera hecho esto, nadie se burlaría de ella y le llamarían anacoreta.
Esta historia coincide, en el tiempo, con la de Natascha Kampusch. Natascha, por si alguien lo ha olvidado, es la chica que con diez años fue secuestrada y ha estado conviviendo con su secuestrador los ocho últimos años de su vida.
Durante este tiempo el secuestrador ha sido su infame Pigmalión. Sobre la niña ha cincelado su ideal de mujer. Una mujer que pueda cumplir en todo momento con sus absurdos sueños de misógino. Finalmente la chica huyó de su recreador y este, sin motivos para seguir viviendo, se suicidó.
Durante los ocho años de cautiverio a Natascha le han robado su niñez y su juventud, le han privado de su justo derecho a desarrollarse como persona, como ser humano; y lo peor de todo es que quizás nunca llegue a tener esa sensación de pérdida, de desventaja ¿Cómo va a poder saber lo que se ha perdido, si nunca ha tenido la conciencia empírica de haberlo necesitado?
Los dos casos son muy diferentes, ciertamente, pero ambos tienen en común aquello que Marcel Proust recogió en siete libros a los que llamó En busca del tiempo perdido.
¿Qué recuerdos tendrán estas dos mujeres de estos años perdidos? ¿Cuáles serán los vínculos que les habrán creado? ¿Les será posible retener en su memoria el sabor, la textura, el aroma de una magdalena?
Cuando Carmela decidió apartarse del mundo, para cuidar de su salud, yo tenía 14 años.
¿Qué era de mi vida en el lejano 1980? Seguro que alguno de vosotros, que está en estos momentos visitando este blog, ni siquiera había nacido. Yo sí que había nacido, de esa época me pertenecen recuerdos y vivencias. Los años que han pasado me han permitido, aún a riesgo de perder la vida en el intento, vivir; me han permitido guardar el recuerdo del sabor, la textura, el aroma de una simple magdalena.

Comentarios
Publicar un comentario