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Empanadas postvacacionales




Mientras una minoría de mortales ―a los europeos occidentales me refiero, a los que, mayoritariamente, ni nos morimos de hambre ni nos matamos en guerras― nos tostábamos al sol del Mediterráneo y nos abandonábamos al placer de vacacionar; en la capital de la República Checa, cuando yo era joven conocida como Checoslovaquia, unos intrépidos astrónomos, reunidos en su Vigésimo Sexto Congreso, decidían que Plutón no era un planeta.



¿De qué me han servido mis desvelos infantiles? ¡Tanto esfuerzo para aprenderme, en su correcto orden, los nombres de los nueve planetas del Sistema Solar!
¡Menudo marrón para los profesores el tenerles que contar a unos, ingenuos, menores que había una vez un planeta que…!


Ahora Plutón nos abandona. Pasa a ser un objeto transneptúnico; sí, suena mal, pero todavía suena peor llamarlo planeta enano.
¿Le habrá llegado ya la noticia al bueno de Plutón? ¿Sabrá en estos precisos instantes que ha dejado de ser planeta? ¿Cómo va a influir en su eterno tránsito esta traicionera degradación?




Ciertamente, Plutón no ha sido un planeta con suerte. Corría el año 1916 cuando Percival Lowell observaba incesantemente los cielos ¿Qué buscaba nuestro héroe durante las frías noches de Arizona? La respuesta más inmediata sería decir que nuestro rico astrónomo buscaba nuevos objetos celestes. Nada más lejos de la realidad. Lo que buscaba el bueno de Lowell, con ahínco, era recuperar su reputación, seriamente dañada.


Años antes había defendido frente a toda la comunidad científica la existencia de canales en Marte. Canales que eran utilizados por los marcianos para llevar el agua de los polos del planeta a su ecuador.
No es de extrañar que el resto de la comunidad científica se carcajeara del pobre, y de sus ideas. Las carcajadas llegaron a ser tan fuertes que nuestro hombre acabó por renegar de sus teorías y recluirse en el Observatorio Lowell de la localidad de Flagstaff, Arizona.


Y allí le encontró la muerte, intentando recuperar su prestigio. Buscando el planeta que tenía que encontrarse más allá de la órbita de Neptuno. Años después, en 1930, un astrónomo que trabajaba en el observatorio de Lowell encontró al Planeta X.
Y aprovechando las iniciales de su infortunado buscador ―PL― le pusieron por nombre Plutón. Plutón en recuerdo también al dios romano del mundo de los muertos, aquel que se podía volver invisible a voluntad. Mal fario, pues, para nuestro pobre planeta enano.








¡Ay de los concilios! ¿Concilios, no habíamos quedado que era un congreso? Sí, claro, pero es que los congresos son a la ciencia lo que los concilios a la iglesia. Grupos de sabios, de cultos, de ilustrados, de doctos y eruditos que nos iluminan al resto de mortales sobre las verdades de la vida; verdades también llamadas a veces, las verdades del barquero.
¿O acaso os creéis que las verdades son absolutas? ¿Acaso os pensáis, queridos amigos, que las cosas se mantienen inalterables, que desde que el mundo es mundo nada ha cambiado? ¿Qué todo, lo divino y lo humano, no ha transitado?


Fue en el año 325 cuando en una próspera ciudad del Asia Menor conocida por Nicea ―no, no corráis a las agencias de viaje para buscar un billete a ella. Nadie os lo venderá, a no ser claro, que lo pidáis a nombre de Iznik y con destino a Turquía― se reunieron, por orden del Emperador Constantino, más de 300 obispos. Ellos eran la flor y nata de la cristiandad; vamos, lo mejor de cada casa.
Durante 60 días estuvieron reunidos en este primer concilio ecuménico, es decir universal, estos primeros cristianos. Eran tiempos difíciles para todos ellos. El cristianismo era una secta muy joven y muchos de los reunidos manifestaban en sus propias carnes las heridas de las persecuciones y las torturas, olvidémonos pues de la imagen opípara y copiosa de los actuales habitantes cardenalicios del Vaticano y sus aledaños. En este concilio se debía resolver, ente otros temas, cual era la auténtica identidad de Jesús ¿Era Jesús creación de Dios o era Dios?


Esta discusión, tan bizantina, tenía tres bandos en lucha. Por un lado los partidarios de Arrio de Alejandría, los arrianos. Según ellos Jesús era hijo de Dios y por tanto creado por él. Estaba pues por debajo de su creador, de Dios.
Frente a ellos estaba Alejandro de Alejandría que afirmaba que padre e hijo tenían la misma sustancia y por ello eran ambos el mismo Dios.
Una tercera corriente, mayoritaria, intentó mediar en el conflicto. Pero Eusebio de Cesaria, su representante, no podía aceptar que padre e hijo fueran consustanciales.
Tuvo que ser el propio Emperador quien, temiendo por su Imperio, resolviera la polémica. Se acordó que Jesús era consustancial a Dios. Se produjo una declaración dogmática y Jesús pasó a ser igual que Dios. Pocos años después en el Concilio de Constantinopla se afirmó el carácter divino del Espíritu Santo ―un solo Dios bajo tres formas: Padre, Hijo y Espíritu Santo―


Al finalizar el Concilio de Nicea, Arrio fue excomulgado por hereje y su doctrina prohibida. Unos años después, antes de volver a ser admitido en la iglesia cristina, murió; dicen las crónicas que en circunstancias extrañas, tan extrañas fueron las circunstancias como el veneno que lo mató.


Y así fue creciendo el cristianismo hasta nuestros días; a golpe de concilio y a golpe de espada, cuando los conciliares no se ponían de acuerdo.








No ha costado tanto, ciertamente, que los astrónomos reunidos en Praga se hayan puesto de acuerdo en degradar a Plutón a mera comparsa. Ha sido mucho más fácil. Pero, ¿quién se lo dirá a Plutón? ¿Quién le informará de la afrenta?
Las cosas existen en la medida que son nombradas. Nada que desconozcamos existe por si misma. O quizás… quizás el hecho que no las conozcamos no implica que no existan. Plutón existía por si mismo mucho antes que fuera descubierto.
O quizás… quizás no, quizá sólo ha existido mientras ha sido un planeta.




Y es aquí que os quiero hacer partícipes de una duda que me ha seguido durante toda mi vida. Desde que de pequeño observaba, a ojo descubierto, los cielos nocturnos; hasta hoy en que, gracias a mi buen amigo reflector, disfruto de los cielos profundos.


En estos momentos en que termino la entrada, estoy rodeado por cuatro paredes, un suelo y un techo. Estos están rodeados por una serie de casas y estas por otras casas. Todas ellas forman ciudades y junto a las ciudades hay otras ciudades. Todo lo que conocemos está limitado y lo podemos situar en el espacio.
Pero, ¿qué rodea a nuestro Universo? Sí, claro, el Universo es infinito. Vale, de acuerdo, pero en su infinitud ¿qué lo rodea? ¿Por dónde se desplaza el Universo?
Si colocamos al Universo en una caja de zapatos, aunque esta caja sea infinitamente grande, ¿qué hay por encima y por debajo de esta caja? No, no me vale decir que hay más Universo, y más y más Universo. Esta respuesta no altera la naturaleza de la pregunta inicial.

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