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Déjà vue




Sí, así. En francés. El idioma que según algunos se inventó para poder hablar de amor. Y, ¿quién soy yo para negarlo?

- Je t’aime



No me negaréis que su sonoridad es excepcional. Que sólo con escuchar estas palabras a uno se le ilumina la cara.


Pero bueno, no estamos hoy aquí para hablar de amor. Hoy vamos a hablar de esa extraña sensación a la que llaman déjà vue.
Cuando algo que estamos viendo, escuchando, leyendo, o, simplemente viviendo; nos recuerda a algo ya ocurrido. A algo que se repite en el tiempo. A esa emoción ya conocida.




¿Os habéis dado cuenta? ¿Os habéis fijado antes de llegar aquí que algo ha cambiado en el blog?
De la mano de una chica estupenda llamada Cristina he decidido hacer un nuevo cambio de diseño del blog.
Cristina es una chica que vive en Trieste y se dedica a estudiar arquitectura en la universidad de esta bella ciudad italiana. En sus ratos libres se dedica también a diseñar, entre otras cosas, blogs.
Creo que el cambio es muy acertado, me gusta mucho como ha quedado.


Esta va a ser, si no la última, la penúltima entrada antes de irme de viaje para tierras lejanas. Así pues, aprovecho esta entrada para desearos a todos que tengáis unas fantásticas vacaciones. Yo, no os voy a engañar, estoy ansioso por marcharme ya. A la vuelta, de aquí dos semanas más o menos, ya os contaré.




Y mientras me entretengo haciendo las maletas, no puedo evitar volver a sentirme déjà vue. Pensar que estoy a punto de subirme a una enorme e infinita cinta lemniscata ―sí, ya se, ya se. A la mayoría os sonaría más el nombre de Banda de Möbius. Pero, que queréis que os diga, amigos, siglos antes que naciera August Möbius ya se usaba el otro nombre para definir al infinito― y empezar a luchar contra lo imposible. A convertirme en un orondo y simpático hámster y dejarme llevar, de nuevo, por la déjà vue.


Y, dado que la cosa ha ido de hablar sobre la lemniscata, no puedo ahora evitar recordar una curiosa anécdota que le sucedió en el momento de su muerte al matemático suizo Jakob Bernoulli.
Este, fascinado por la forma de la lemniscata, pidió en el lecho de muerte que se representase esta en su lápida, junto a las palabras Eadem mutata resurgo (cuando me cambian, resurjo siendo la misma).
Lamentablemente el escultor, no muy dotado para las matemáticas, sobre el texto lo que cinceló fue a una simple espiral de Arquímedes. Ya veis, el infinito finalmente limitado.




Y con el infinito derrotado, yo me despido de vosotros y os deseo una feliz déjà vue.

Comentarios

  1. Me ha gustado encontrarme con esa curiosa anécdota del matemático
    Un saludo

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  2. Hola Limo
    Pues la anécdota es del todo cierta. Ya ves, ni muerto puedes estar tranquilo.

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