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Tierras sin nombre

El mundo en 1502, según Albert Cantino



El 22 de junio de 1757 nació en la localidad de King’s Lynn, en el condado inglés de Norfolk, un niño que con los años se conoció como George Vancouver.

¿Quién demonios ha sido este tal George? Pues este, amigo lector, fue aquel que con sólo 15 años se embarcó en la aventura capitaneada por James Cook y se fue a dar, con él, la vuelta al mundo. Finalizado su tercer viaje pasó a comandar navíos de guerra, hasta que en 1791 se le encomendó cartografiar las costas del Pacífico americano. Retirado de sus aventuras, la muerte le encontró en casa describiendo sus viajes, negro sobre blanco, a la edad de 40 años.
Los británicos, siempre agradecidos con sus héroes, bautizaron con su nombre una isla y una ciudad de la Columbia Británica, hoy conocida como Canadá.



Y con esta mentalidad aventurera nos vamos a dejar llevar por los grandes viajes de la historia de la humanidad, por los grandes descubrimientos. Seguiremos a esas personas que primero a ojo descubierto, guiándose por las estrellas; y después con un astrolabio, una brújula, o un sextante, se han adentrado en espacios desconocidos. A esas personas que se han empeñado, durante siglos, en dibujar tierras allá donde los mapas sólo mostraban espacios vacíos.



Será un pequeño homenaje al espíritu de los descubridores, de los grandes exploradores. A todas esas personas que en un momento determinado supieron enfrentarse a los miedos y a los terrores de lo desconocido, de lo inhóspito.
Un pequeño homenaje a todos esos personajes fantásticos que durante nuestra niñez, la mía al menos, nos abrían los ojos a un mundo de fantasías; de tierras salvajes y paradisíacas en las que nos estaban esperando las más fantásticas aventuras, junto a las más bellas mujeres.








¿Quién se merece el título de primer explorador? Lamentablemente, no conocemos su nombre; de hecho, no sabemos siquiera cuando dio comienzo su aventura. Lo único que sabemos de él es que originalmente debió caminar sobre tierras mesopotámicas ―quien se quiera remontar a épocas anteriores, que se lea Ocaso y albor, en Fragmentos de Historia― y de ellas se desplazó al resto del mundo. Fueron viajes colectivos, viajes de supervivencia, viajes que estos primitivos núcleos humanos tenían gravados en sus genes; y que luego se encargaron de transmitir a sus descendientes.


Esta conquista inicial colocó al ser humano en todas las regiones de un mundo desconocido. En cada pequeño espacio, por recóndito y agreste que fuera, se produjo un asentamiento humano. La vida afloró en todas partes y en todas cuajó.




Durante miles de años las primeras civilizaciones nacieron y crecieron. Las primeras tribus se terminaron convirtiendo en pueblos y estos en imperios. Así tenemos los imperios Sumerios, Babilónicos y Asirios que terminaron dando paso al imperio Egipcio, este a los Pueblos del Mar, ellos a Grecia y esta a nosotros. Siendo este nosotros, los hijos bastardos del Imperio Romano.


Y es en los papiros egipcios que encontramos la primera referencia al primer gran viaje documentado de la historia. Fue hace 5000 años a la tierra de Punt. A este lejano reino mandó la gran Reina Hatshepsut ―¡Qué injusta es la historia! Todos conocemos a la mediocre Cleopatra, pero nadie conoce, hoy, a la gran Reina de Egipto; aquella que sólo con decir esto, sin necesidad de pronunciar su nombre, todos tendríamos que tener claro que nos referimos a ella. No ha habido otra― a su ejército. Ejército que volvió victorioso y cargado con el tesoro más preciado que un soberano egipcio pudiese desear: mirra. Con el tiempo, el reino conocido como la tierra de los dioses, también proporcionó a Egipto incienso, ébano y marfil.




A los egipcios les siguieron los fenicios y los griegos, que consiguieron dominar todo el Mediterráneo hasta las columnas de Hércules.
Y no fue precisamente la vista de la actual Gibraltar la que mitigó sus avances. Son los navegantes fenicios, gracias a sus colonizaciones comerciales, los que por primera vez utilizan para orientarse la Estrella Polar. Con ella, partiendo de su Líbano original, no sólo cruzan el Mediterráneo sino que llegan hasta las costas de la actual India. Fueron también los navegantes fenicios los primeros en circunvalar las costas de África. A su afán comercial se debe también el descubrimiento de las islas atlánticas de las Canarias y las Azores.
Y quien sabe, quizá fue uno de estos avispados comerciantes el primero en perderse por el Atlántico. Quizá fuera uno de sus barcos el primero que cruzó, me gustaría pensar que sin saberlo, el temible océano, allá donde finalizaba el mundo. Y navegó y navegó hasta encontrar una costa donde le estaban esperando aquellas gentes hijas de los que antaño cruzaron el estrecho de Bering. Cuando este era un puente entre dos continentes que sólo estuvo disponible durante 15.000 años, ya veis, un suspiro.
Si el espíritu comercial fenicio dio lugar a las primeras expediciones, fueron los griegos quienes expandieron comercio y cultura. El más representativo es el caso de Alejandro III el Magno. Al morir a la edad de 33 años todo el mundo conocido estaba bajo su control. De Grecia a Persia, pasando por Egipto, África y Asia, nadie pudo oponerse al brazo de Alejandro. Alejandro III el Magno es un fiel exponente de lo que sería el Imperio Romano. Este representó la culminación de todos los anteriores, el comercio, la cultura y las armas forjaron el imperio más importante de la historia.




Y fue durante esta época y antes de que Europa entrara en su Edad Media, que el testigo de los grandes viajes lo tomaron los árabes y los chinos. Así se creó la ruta de la seda.
Nuestro famoso Marco Polo utilizó una de sus rutas para llegar a su soñada Catai ―sin duda, nombre más evocador que el de la China actual― y encontrarse, cara a cara, con el Gran Kublai Kan. Pero estas rutas eran muy anteriores, se debe su descubrimiento al general chino Zhang Qian. Quien a mayor gloria y en nombre del Emperador Wudi se ganó un destacado lugar en la historia. Cuando, todavía, faltaban 200 años para que un Mesías apareciera en Palestina ...




Con el Renacimiento, dos países europeos se repartieron el mundo. El conocido y el desconocido. España y Portugal cogieron el testigo de los grandes exploradores, partiendo a descubrir el mundo. Y en la búsqueda de una nueva ruta para llegar a Las Indias, se encontraron con América ―véase El Dorado, en Fragmentos de Historia― y sus gentes.
Con una espada en una mano y una cruz en la otra, durante 100 años, se pasearon por el continente desconocido; en nombre del Rey y Las Españas, en nombre de Dios y de su Iglesia.


Hombres como Hernán Cortés, hidalgo extremeño que después de barrenar ―que no quemar― sus naves conquistó el Imperio Azteca; su primo Francisco Pizarro que pasó de cuidar cerdos en su Trujillo natal a imponerse al Imperio Inca; Diego de Almagro, bastardo extremeño que antes de morir al torniquete por orden de Pizarro tuvo tiempo de descubrir Chile y conquistar Perú; Vasco Núñez de Balboa, el cual después de perder la vista en el extenso Mar del Sur ―con el tiempo, el portugués, Fernando de Magallanes le llamó Océano Pacífico― perdió también su cabeza, por orden del Rey y por traidor; Juan Ponce de León, conquistador de Puerto Rico y descubridor de La Florida, noble vallisoletano muerto antes de poder cumplir su sueño, encontrar la fuente de la eterna juventud; Pedro de Alvarado, otro caballero extremeño que se pasó la vida conquistando América Central y encontró la muerte arrollado por el caballo de un compañero temeroso y cobarde que huía despavorido ante el ataque de los indios chichimecas.


Tantos y tantos descubridores, conquistadores, aventureros, asesinos y mal nacidos ―ya se sabe, amigo lector, que la historia, la historia en mayúsculas, la escriben los vencedores. A los perdedores sólo les queda el derecho del pataleo y el de adjetivar las conductas― que en nombre de su Dios y de su Rey, y de su codicia y de su voracidad, la de unos y la de otros, se enseñorearon de tierras que sí tenían nombres, pero que eran los nombres puestos por otros; como en todas las conquistas y con todos los conquistadores, no nos vayamos a creer que los Imperios se edifican sobre cimientos nobles y gentiles.




Ingleses y franceses, a rebufo de un imperio español que entraba en imparable decadencia, fueron a conquistar América del Norte y Canadá. Nombres como Jacques Cartier, explorador francés que se paseó, incansable, por América del Norte; Samuel de Champlain, descubridor de los Grandes Lagos y las Cataratas del Niágara; Henry Hudson, navegante inglés que en la búsqueda de una ruta a Asia por el Océano Ártico, se dio de bruces con Groenlandia. Hombre obstinado por naturaleza, siguió haciendo viajes al Ártico, hasta que en uno de ellos la tripulación, harta de tantas aventuras, lo abandonó a él, a su hijo y a siete fieles, en un bote. Nada más se supo del Sr. Hudson; Alexander Mackenzie, insigne aventurero que buscando el Pacífico llegó al Ártico, remontando con ello un río al que le puso su nombre; la cual cosa no le privó de ponérselo también a unos montes, que en caso que los quieras visitar tendrás que ir, amigo lector, al Yukón, en Canadá.


A todos ellos se les unieron tiempo después los misioneros cristianos. Jesuitas y Franciscanos emprendieron una dura pugna para convertir las almas de los chinos, japoneses y resto de asiáticos.


Durante el siglo de la luces, la importancia de la ciencia en el pensamiento europeo dio lugar a los viajes científicos. Las riquezas y los bienes dejaron paso a las conquistas de la ciencia. Entre otros tenemos a James Cook y sus viajes por Nueva Zelanda y Australia.


Pasaron los años y por África se pasearon los hermanos Lander, Denhan y Clipperton; Richard Burton, político y explorador británico que tuvo tiempo de viajar a la Meca, disfrazado, y traducir por vez primera al inglés Las mil y una noches y el Kama Sutra, cosa que nunca le perdonó la sociedad victoriana; John Hanning Speke, que acompañó al anterior en su búsqueda de las fuentes del Nilo. Este, más constante, no la abandonó hasta descubrir su origen en el lago Victoria; David Livingstone que, antes de ser encontrado por Henry Stanley en las orillas del Tanganica, descubrió las Cataratas Victoria.


El mundo iba tomando la forma con la que estamos hoy familiarizados, pero aún quedaban los polos y allí se fueron valientes como William Edward Parry, almirante inglés, primero en acercarse al Polo Norte, se quedó a sólo 7º; Fridtjof Nansen, explorador noruego que cruzó Groenlandia en esquís y la muerte lo atrapó subiéndose a un dirigible rumbo al Polo Norte. Antes hizo los méritos suficientes para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz; Roald Amundsen, otro noruego que quería conquistar el Polo Norte, y a esto dedicó su vida hasta enterarse que Robert Peary se le había adelantado ―la historia, que a todos pone en su sitio, colocó a Peary en la lista de los mentirosos. Nunca llegó al Polo Norte. Como tampoco llegó otro ilustre mentiroso, Frederick Cook― decidiendo entonces poner rumbo al Polo Sur y plantar en este la bandera noruega. Murió unos años después, en el Polo Norte, al intentar rescatar al ilustre italiano Umberto Nobile, que le sobrevivió; Robert Falcon Scott, explorador inglés que llegó al Polo Sur 34 días después que Amundsen. A la vuelta murieron él y sus hombres, dándose por finalizada La Carrera hasta el Polo.


El mundo en horizontal estaba ya descubierto, sólo nos quedaba su vertical. A ella se dirigieron Edmund Hillary y Tenzing Norgay en 1953. Fueron los primeros en alcanzar la cima del Everest. Nunca nadie había visto antes, a sus pies, un mundo tan pequeño.
Y una vez descubierto el mundo en vertical, todavía nos quedaban las profundidades del mar y a ellas dedicó su vida Jacques-Yves Cousteau.








¿Quedan espacios en la Tierra para los nuevos descubridores? evidentemente. No sólo las fosas marinas están todavía por descubrir; hay todavía hoy remotas selvas, ríos y territorios vírgenes y sin documentar. Pocos, pero los hay.
Y una vez conseguido esto, nos queda aún la profundidad de la tierra, grutas y simas que son las puertas de un mundo desconocido.


Y una vez conquistado nuestro mundo inmediato nos queda el Universo. Un espacio del que prácticamente, o sin el prácticamente, no conocemos nada. Y es ante este Universo desconocido que no somos ni Cristóbal Colón ni ninguno de los descubridores de tierras intuidas. Ante él, somos los seres primitivos que dejaron abandonadas sus cuevas para poder sobrevivir.


Y al principio de esta aventura apasionante, que se corresponde con el final de la entrada, no quisiera terminar esta sin rendir homenaje a los aventureros más importantes, a los exploradores más invencibles; a los conquistadores de la pluma, a los escritores de los libros de aventuras.
A todos aquellos que sentados en una silla y ante un papel en blanco han sido capaces de gobernar navíos, de dirigir caravanas y de capitanear ejércitos; que sin más límite que las páginas de un libro han conquistado las mentes de millones de personas.
Son muchos los nombres de los viajeros de papel que podría citar aquí; pero no tengo ni tiempo ni espacio para ello. Así pues voy a nombrar sólo al más representativo de todos ellos, al Cristóbal Colón de la pluma, al gran Julio Verne.













NOTA: Después de publicar esta entrada me queda una sensación extraña. Hay en ella demasiados personajes que se merecen una entrada personalizada; sus vidas y sus acciones no se pueden, ni se deben, constreñir en esta. Veremos…

Comentarios

  1. Anónimo8/8/06 20:50

    Me encanta tu bloggers, lo hallé buscando en Googles y lo he transmitido a muchas personas. No sé aun como armar uno .SUERTE STELLA MARIS
    stellamarisdelossantos@yahoo.es

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  2. Hola Stella Maris, curioso nombre de origen marinero, eres muy amable.
    Espero que una vez hayas armado tu blog ―no es tan difícil como parece, lo complicado es llenarlo― nos digas cual es la dirección. Si necesitas ayuda para el armado, sólo tienes que decirlo.

    Saludos

    ResponderEliminar
  3. Aveces me pongo a ver tu blog y es cada vez más fantástico, suerte y buen fin de año y ovbio, lo mejor en el nuevo año q' se aproxima..

    Stella

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  4. Suerte y feliz año 2007.
    he visto tu página por causalidad y está muy bien currada, felicitaciones y un saludo.

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  5. Gracias Anónimo

    Que tengas un feliz año también.

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