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| París. Mayo 1968 |
Esta es la típica entrada que un blogero de pro nunca debería publicar, excepto que se quiera jugar a ser Pitoniso Pito. No obstante, llevo unos días bastante contemplativo y ello me puede más que mi sentido de la prudencia; y digo prudencia dado que el sentido de la vergüenza hace tiempo que lo dejé abandonado en alguno de los rincones de la red.
Hace casi 40 años que las calles de París ardían. No, no es que ese año la primavera parisiense fuera más cálida de lo habitual. Lo que ocurría en París esos días, era que los estudiantes y los trabajadores se decidieron a buscar las playas debajo de los adoquines; y esa, esa es una actividad que siempre hace subir la temperatura ―o las calenturas, vaya usted a saber― de los políticos de derechas (la derechona de siempre, la de toda la vida, la que ahora se hace llamar liberal), de los poderes fácticos (o flácidos), de las clases bien (esas que siempre tienen algo que perder y alguien a quien reclamar para que no se lo quiten), y de otras bestias del portal (entre ellas esas que se mueven escondidas bajo negras sotanas).
Toda esta fauna, y otras flores de jardín, tenían en Charles de Gaulle a su líder natural.
Los estudiantes franceses estaban inquietos esa primavera. La universidad estaba en plena producción de parados y los puestos de trabajo que la sociedad ofrecía a los recién licenciados era cada vez menor. El desencanto que tenían del sistema era más que patente; nadie era capaz de ofrecerles soluciones, ni ilusiones. Reunidos bajo el ala protectora, y poco desinteresada, de grupos radicales de izquierda y extrema izquierda ―perdón por la redundancia― los escolares pensaron en empezar una revolución.
Los universitarios de Nanterre, localidad del extrarradio de París, decidieron que la situación era insostenible y se encerraron en comité. La protesta asustó al rector que mandó desalojarlos.
Sin lugar de reunión y con varios grupos protestando en las calles, acordaron irse a la Sorbona. Se convocó una asamblea que fue disuelta violentamente por grupos de extrema derecha y por la policía, y se detuvo a 200 de sus participantes.
La represión sólo consiguió que más estudiantes se unieran a la protesta y que esta fuera secundada por la clase trabajadora, muy descontenta por su situación. Todos juntos tomaron las calles y desfilaron por ellas pidiendo cambios y dimisiones; todo ello con el puño en alto y entonando la Internacional.
La huelga de estudiantes había dado paso a una insurrección en toda regla; y de hecho, el principal temor era que se estaba a las puertas de una revolución.
Sin Bastillas que tomar, se decidieron a tomar las calles, se levantaron barricadas y se enfrentaron activamente a la policía. Los trabajadores de la industria se encerraron también en sus empresas y crearon comités revolucionarios que pasaron a dirigir estas. Los sindicatos, atónitos y sorprendidos por el cariz de los acontecimientos, tuvieron que intervenir para reconducir las protestas; se tenía que hablar de huelga, no de revolución. La movilización directa de diez millones de personas no era ninguna broma.
El gobierno, como siempre, se vio superado por las circunstancias y su respuesta fue baga y pendular. El 30 de mayo, seguidores de Charles de Gaulle ocuparon los Campos Elíseos en apoyo al viejo general ―¡qué tiempos aquellos en que los viejos generales se dedicaban a comandar masas hambrientas llegadas en autocar y con el bocadillo bajo el brazo! ya sea en los Campos Elíseos o en las Plazas de Oriente; ya sea un veterano de Gaulle o un rancio Franco― y este, emocionado por el cariño que su pueblo le mostraba, decidió permanecer en el poder.
Siempre me ha sorprendido ver lo dispuestos que están los gobernantes a sacrificar su bienestar personal para prolongar la prosperidad de sus pueblos soberanos. Y esto fue, sin duda, lo que pensó nuestro viejo general ―bueno el suyo, el francés― cuando decidió disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones anticipadas. El pueblo francés, agradecido, le dio el triunfo en las elecciones plebiscitarias del mes de junio y de Gaulle inició una nueva legislatura.
Pero incluso los grandes hombres, y de Gaulle era muy grande, cometen errores. Su error fue pensar que aumentando el sueldo de los trabajadores y reprimiendo a los estudiantes se acabaría el problema; pensó que gracias a todo ello se iba a incrementar todavía más su liderazgo personal. Si el culto a su persona era ya insoportable, con su última victoria se consideró un nuevo Sire. Propuso un referéndum nacional y lo perdió; el 28 de abril de 1969 dimitió.
El mayo de 1968 terminó reconduciéndose; y lo que pudo haber sido una revolución, terminó siendo unas jornadas de protestas. Los estudiantes volvieron a las aulas, los trabajadores a las empresas y la sociedad respiró aliviada.
Esas sabias palabras que Tomasi de Lampedusa puso en boca del Príncipe Fabrizio Salina ―es necesario que todo cambie para que todo siga como está― fueron sacadas del olvido.
De todo esto hace casi 40 años. Hoy las calles francesas vuelven a hervir, los jóvenes de ahora ―que ya no son universitarios, ni lo van a ser nunca― se han adueñado de las noches francesas.
Las llamas de los coches ardiendo iluminan unos rostros crispados y expectantes. La policía ha vuelto a la calle, a imponer el orden republicano. Los políticos vuelven a estar desorientados. La sociedad se pregunta incrédula que quieren estos chicos que salen de madrugada.
Los hoy abuelos, esos que antes buscaban las playas debajo de los adoquines, se miran extrañados. Europa se sorprende, al igual que hace casi 40 años, ante esta respuesta airada de sus hijos desheredados.
Es una intifada, dicen los más lerdos. Son los árabes que quieren terminar con la cultura occidental, dicen los obtusos. Se quejan sin motivo, nosotros se lo hemos dado todo, dicen los mentecatos…
Y la sociedad, como siempre, pierde el tiempo mirando la punta del dedo acusador, en vez de mirar hacia adonde apunta ese dedo.
Y yo, me temo, iré desempolvando mi viejo ejemplar de El Gatopardo y pondré música de Nino Rota; recitaré mentalmente eso de que es necesario que todo cambie para que todo siga como está y me sentaré cómodamente en mi sofá, viéndolas venir; al igual que muchos, al igual que tantos.

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