Hace años, cuando todavía no me llamaba Perecoba, que…
- Nosotros no estábamos juntos.
- ¡Coño! ¿Tú por aquí?
- Si cariño, ya ves. ¿Molesto?
- No, en absoluto. Es que estoy sorprendido por tu aparición. Si no recuerdo mal Ítaca 2005 hace muchas entradas que terminó.
- ¿Y?
- Pues que no creía que, una vez terminada nuestra etapa vacacional, te dignaras aparecer por aquí.
- Pues ya ves, he aparecido.
- Ya veo, ya. Eres una caja de sorpresas.
- Sí. Soy como una muñeca rusa.
- Lo que no serás nunca es mi noia de porcellana.
- ¿Tu chica de porcelana?
- Es el título de una canción. De una vieja canción, de hace muchos años.
- No la conozco.
- La cantaba Pau Riba, en el año 1968.
- ¡Uff! yo ni había nacido.
- Tu no. Pero yo, yo ya me sabía limpiar los mocos solo.
- ¿Qué decía la canción?
- Hablaba de una chica… Quizá algún día te ponga la canción.
- ¿Tengo que preocuparme por la letra?
- No. Bueno, no necesariamente.
Me gusta que ella se implique en el blog, sus aportaciones son siempre interesantes y acertadas. Es lo que podríamos decir el complemento perfecto a mi forma de ver las cosas, de relacionarme con el mundo exterior. Desde que estamos juntos, he notado que…
Esperad, creo que se ha ido...
... Sí, se ha ido...
... ¿De momento? No sé, con ella nunca se sabe.
Bueno, como os estaba intentando contar antes que me interrumpieran, años atrás tuve la oportunidad de vivir durante cinco meses en Japón. Era cuando mi trabajo me obligaba a viajar bastante.
No, no era azafata de vuelo, aunque por mis estilizas piernas alguien pudiera pensar lo contrario. Tampoco era piloto de Iberia; ni representante de tejidos, que esa especie hace años que desapareció de Catalunya. No era tampoco guía turístico; ni gigoló ocioso, que ya me habría gustado ―lo de guía turístico, me refiero―. Sí, quizá acabaríamos antes si os contara lo que era, y no todo lo que no era. Pero entonces se perdería el misterio, el encanto.
Pues eso, que estuve en Japón durante cinco meses. Tiempo insuficiente para conocer ese asombroso país en su totalidad, pero el tiempo necesario para descubrir muchas de las maravillas que conserva la mítica Cipango.
De todas ellas, la que más me impresionó fueron sus jardines zen. Estos son, todavía hoy, un fiel reflejo del alma japonesa. Su origen está en el Sakuteiki, el primer manual conocido sobre jardinería escrito por Tachibana Toshituna en el lejano siglo XI. En este manual se intenta buscar en la belleza de los jardines el equilibrio existente en la naturaleza; de tal manera que al disponer de la forma adecuada todos los elementos en el jardín, las fuerzas del yin y el yang se encuentren; recreen un espacio perfecto para que los espíritus presentes en los diversos elementos naturales estén en perfecta armonía.
Todos estos principios sintoístas se materializan en tres tipos de jardines. En primer lugar están los jardines verdes, una recreación perfecta de los bosques que podemos encontrar en la naturaleza y que rodean las grandes mansiones japonesas.
En segundo lugar encontramos los jardines de la casa del té, en ellos encontramos caminos de piedras, estratégicamente colocadas, que nos conducen por un mundo de plantas, árboles y agua.
En tercer lugar tenemos los que a mí me gustan más, los jardines secos. Conocidos también como Kare Sansui. Son la expresión más minimalista de la belleza zen. Consisten en un espacio de tamaño desigual, en el cual se distribuye una base de grava sobre la que se colocan las diversas piedras o rocas. Su simplicidad es arrebatadora, su belleza sublime. El trabajo para crearlos, te ocupa diversas vidas.
- ¿De qué hablas?
- ¡Ostia, qué susto me has dado!
- A ver… ¿jardines?
- ¿No te estabas arreglando para salir?
- Ya he terminado. Venga que nos esperan y no me gusta llegar tarde.
- Mujer, aún faltan dos horas.
- Sí, pero tú siempre esperas al último momento para arreglarte.
- Tenemos tiempo, no nos pongamos nerviosos.
- ¡Vamos! ve terminando.
- Espera, espera. Tengo que explicar unas cosas y colgar la foto.
- No te enrolles, cuelga la foto y nos vamos.
- ¿Y la explicación?
- Una imagen vale más que mil palabras.
¿Veis? mi complemento perfecto, mi media naranja.

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