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Ansia

Gabriel Celaya (1911-1991)






El hombre es pequeño para el ansia que siente
cuando el aire dilata sus dulces pulmones,
o el mar se abre infinito a sus ojos voraces.
El hombre es pequeño para el ansia que siente.


Demasiado pequeño para esta brisa joven
que le empuja imperiosa, suavísima y potente;
demasiado pequeño para el silencio en ciernes
y su mirar abierto de pájaros perdidos.


El hombre es pequeño para sus presentimientos,
para su capacidad de sufrir sobre todo.
La vida que le duele le pone de puntillas,
con los brazos abiertos, en el borde del grito.


Esta ansia infinita: la música que inventa
a falta de otras alas que le llevan más lejos,
le espanta porque se abre como abismo o peligro,
porque sabe que en ella sólo escucha un delirio.


El hombre es pequeño para el ansia que siente.
Ser más, ser algo más, es su angustia. Y su gloria.
La vida que desea le devora,
le destruye por dentro como un grito imposible.


El hombre sabe aquello que no debió ser dicho,
y es esta conciencia lo que le hace pequeño.
¡Oh qué bello animal voraz y rubio
pudo haber animado este ardor pensativo!


No lloro por el ángel que otros sueñan,
doncel consumido de tristes primaveras,
no por su tensión disparada al vacío,
no por almas dolientes de música encerrada.


Lloro por el animal de dientes blancos
y ojos limpios que pudo ser el hombre.
Lloro por un ansia que atormenta
y debió ser una recta violencia.


Lloro la inocencia perdida para siempre,
el ansia que los hombres ahora no comprenden,
que llaman dios, amor, belleza, mar, angustia
y aun muchas cosas más sin sentido igualmente.


Lloro al animal feroz y alegre
que pudo haber sido el hombre que ahora sufre;
lloro por el alma y con el alma
ligera de música evaporada al infinito.


Y lloro el que los huracanes nos espanten
porque su viento gime, y ríe, y amenaza,
y hace muecas a un tiempo grotescas y terribles;
lloro porque nos asusta lo que debió ser tan nuestro.


Las uñas que nos cortamos estúpidos y pulcros
los dientes que se hicieron para brillar en la risa,
nuestra sangre caliente que aún hoy día palpita
cuando olemos los bosques y el mar en la brisa.


Lloro al animal voraz y rubio.
La música traiciona nuestro anhelo latente.
El hombre cada día se hace más pequeño,
pero el ansia de siempre sigue siempre creciendo.


El hombre es pequeño, pequeño para el ansia que siente
cuando el viento le llama desde un fondo ignorado
o la noche le envuelve en amor que levanta.
El hombre es pequeño para el ansia que siente.



De La soledad cerrada 1947

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