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A la cera




Hay ocasiones en que se nos ocurre un título y sobre este escribimos una historia. En otras ocasiones, se nos ocurre una historia y sobre ella creamos un título. En el caso de este blog lo que ocurrió fue lo primero.

Acordándome de una frase que tuve que escuchar muchas veces durante mi infancia, como ha quedado reflejado perfectamente en la pequeña introducción presente en este blog y que al igual que las instrucciones de los aparatos electrónicos nadie se molesta en leer, decidí traducirla al castellano y utilizarla aquí.



El paraíso de los gansos. Creo que tiene la fuerza suficiente como para ser un buen título para el blog. Desgraciadamente, algunos de los visitantes que han venido perdidos a mi blog se han llevado desagradables sorpresas.

Los buscadores son muy caprichosos. De ello saben los amantes de las aves que ilusionados con poder encontrar bucólicas imágenes de gansos, se han visto desagradablemente sorprendidos. La única foto de un ganso que existe en este blog es la mía.

Otros, gastrónomos de VISA fácil, se han debido relamer los labios pensando en las excelentes clases de patés que aquí hallarían. Lo siento, no hay ni pâté de foie gras, ni ninguna otra parte de la anatomía de ganso alguno.

Todavía lamento más, nobleza obliga, el desengaño sufrido por aquellos amantes de la República Romana que deseosos de recrear aquí las hazañas de Manlio, y la aportación determinante en ellas de estas bellas aves palmípedas, entraban entusiasmados en este blog. Venían buscando, sin duda, la historia de los Gansos Capitolinos. No, lo lamento. Aquí no nos invaden los galos.

Otros visitantes han llegado aquí después de encontrarse mi enlace mezclado entre otros de contenido pornográfico. No tengo ninguna intención de criticar las tendencias sexuales de cada cual. Pero, teniendo en cuenta mi nula experiencia en el terreno zoofílico, se me hace muy dificultoso imaginar que placer se encuentra al rellenar o embutir a un pobre ganso. A no ser, claro está, que estemos hablando en términos culinarios.
Quiero pensar que estos desesperados visitantes lo son no por el término gansos sino por la primera parte del título, el paraíso, que produce evocaciones placenteras y gustosas.

Llegados aquí, alguno de vosotros se estará diciendo que no sabía de que escribir, y montado en la retórica me dedico a llenar espacios en blanco. No, no seáis tan mal pensados, que en este caso no acertaréis. No es esta una entrada de circunstancias. De hecho, es una entrada con trampa, pero de ello os informaré más adelante.



Con el paso del tiempo, los más atrevidos de vosotras y vosotros me habéis estado presionando para que publicara una foto, con la del perfil no parecíais tener bastante. Que personas más ingratas y desagradecidas.
Evidentemente, no tenía ninguna voluntad de publicarla. Lo siento, c’est la vie.

Y así habría terminado la historia si yo no fuera una persona a la que le gusta pagar sus deudas. Así ha quedado demostrado en Quid pro quo, maldita seas Marta, y así quedará demostrado hoy.

La foto que antecede a este escrito, difuminada gracias a la cera, corresponde al curso escolar de 1977-1978. En ella aparezco yo. Perecoba con 11 años. Es la época a la que hace referencia el título del blog.
Junto a mí aparecen el resto de compañeras y compañeros de 7º A de la escuela Badía Soler. Una escuela que ya no existe. No existe con este nombre. Existe el edificio y mantiene sus propósitos educativos.



Este es el segundo Quid pro quo en pocos días. No habrá un tercero. A Dios pongo por testigo.

Brujas curiosas y fisgonas, alcahuetes indiscretos y preguntones. Espero que con ello satisfaga vuestra lasciva e insana curiosidad. Y para que con ello quedéis del todo saciados, os diré también que una de las chicas que aparece en la fotografía fue, durante un tiempo, uno los primeros amores de mi vida.

Regocijaros en vuestra maldad, el amor jamás fue correspondido. No me hizo ni puñetero caso. No sólo eso, simplemente me ignoraba.
A los chicos, a los chicos poquita cosa como yo, nos costaba mucho comprender el motivo por el cual las chicas que nos gustaban no nos hacían caso, y las que no nos gustaban no nos dejaban en paz.



Ante vuestra maldad y malquerencia, se antepone la mía. Como maestro del engaño, el artificio y el ardid, he escondido un enlace en el texto de esta entrada. Ante vuestra malignidad ha triunfado la mía.
Este enlace muestra con total claridad la fotografía original, sin tratar. En ella se me puede ver perfectamente. A mí y a la chica de la que estuve, por aquel tierno entonces, perdidamente enamorado.




NOTA: existen estudios científicos que demuestran que al leer, la mayoría de las personas no son capaces de retener lo que han leído más allá de cinco minutos.
Si esto es así, apresúrate, está pasando el tiempo. Y esto además de un aviso es una pista. Una pista del lugar en que se esconde el enlace.

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