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| ... saber escoger a la persona con quien vas a realizar un viaje, ... |
Helene
Ich liebe sie,
weil Ich sie
geliebt habe
En la vida hay dos tipos de personas; las que aman y las que son amadas. Yo soy de las primeras.
Las personas que tenemos la suerte de amar, independientemente que en alguna ocasión seamos también amadas, amamos sin límites ni cortapisas. Amamos a una ciudad, a un paisaje, a un momento, a un objeto, a una idea, a un recuerdo e incluso a una persona.
Ante esta vorágine amatoria es necesario diferenciar esta palabra de otras palabras hermanas. No debemos, en ningún caso, confundirla con otras como son querer, gustar, agradar, seducir, gozar, deleitar, extasiar o embobar. No, no es lo mismo.
Y de los amores de mi vida, el más vivo, el más intenso y el más enriquecedor, perdóname Beatrix, ha sido y sigue siendo Italia.
La primera vez que estuve en Italia fue de la mano de Henri Beyle. Yo tenía 13 años y nuestro encuentro fue de lo más casual; era amigo de mi padre y este me lo presentó un día. Mi padre estaba en su despacho y me llamó:
- Ten léete esto.
¿No conocéis al bueno de Henri? Seguro que si. Lo que puede ocurrir es que lo conozcáis por su seudónimo. Que lo conozcáis como Stendhal.
Cuando un niño conoce a quien ha de ser su mentor en el paso de la niñez a la juventud, no puede evitar, ni debe, asumir ciertos rasgos de este en su tierna identidad adulta.
Así pues, no te voy a contar como he sido yo, te diré simplemente como era mi amigo, como era Stendhal.
Y una vez dicho que cada cual saque, respecto a mí, sus propias conclusiones.
Su vida siempre estuvo marcada por el amor al amor, el amor a la gloria, el amor a la generosidad. Para llegar a ello se sirvió de la ironía, esta le ayudó en todo y estuvo siempre presente en su obra.
Su personalidad individualista le llevó al egoísmo. Y fue este egoísmo lo que hizo de él uno de los principales representantes del Romanticismo del siglo XIX.
Igualmente, fue su ironía la encargada de destruir cualquier pequeña muestra de sensiblería, en su vida y en su obra. Ya os he dicho al principio del relato que la palabra amor sólo tiene hermanos bastardos.
Con Fabrizio del Dongo me paseé por el Ducado de Parma y por el cercano Milán. Junto a Fabrizio descubrí el amor y el desengaño. Aprendí a decirle a una mujer que la quería cuando en realidad sólo la deseaba. Aprendí a ocultar mis sentimientos bajo un manto de cinismo. Aprendí a engañar a una mujer y a saber cuando esta me estaba utilizando. Aprendí que para conseguir llegar al sexo todo camino es válido.
Y una vez aprendidas estas cosas fui, en esa época, gozosamente desdichado.
Durante esos años iniciales mi afán lector me llevó, ¿irremediablemente?, a caer en brazos del escritor alemán Thomas Mann y del cineasta, como no italiano, Luchino Visconti. Con ellos descubrí Venecia.
Quien haya leído y visto la Venecia que nos muestran en sus obras ya no podrá jamás concebirla de otra forma.
Venecia será hasta el fin de los tiempos la ciudad de la decadencia, del “dolce far niente”, del dejarse “gondolear” por las aguas de sus canales.
¿Qué papel juega el amor en todo ello? En Venecia no hay cabida para el amor. No si pensamos que el amor es compartir el vivir con, y contra, otra persona. En la vieja Reina del Adriático sólo cabe el hedonismo.
Venecia es el lugar donde el amor va a morir. Venecia es el punto final de la vida.
Todas las personas tendríamos que ir a morir a Venecia. Y una vez muertos ser incinerados y arrojadas las cenizas a las aguas de sus canales. Y mientras estas se fueran hundiendo en la laguna veneciana, debería sonar de fondo la música de Gustav Mahler.
Venecia sería así, junto al Taj Mahal, el monumento funerario más bello jamás creado por la mano del hombre.
Visconti me perturbó más. Según este apolíneo príncipe milanés el amor era platónico, el amor era decadente, el amor era homosexual ¿Cómo no me iba a turbar todo ello?
Luchino, como los carnavales venecianos, era una muestra viva del dandismo. Del dandismo heredado de Oscar Wilde, otro ilustre homosexual. Del dandismo precursor del actual metrosexualismo; prueba evidente de que con el paso de los años terminamos perdiendo no sólo los fondos sino también las formas.
¿Me convertí en seguidor del bello Apolo? No. No por nada, sólo que no se dio el caso, ni la circunstancia, ni la oportunidad.
Iban pasando los años y mis conocimientos sobre Italia se cimentaban. Cada vez estaba más cerca mi primera visita a este país, primera de las catorce que he realizado a lo largo de mi vida.
Y si siempre es importante el saber escoger a la persona con quien vas a realizar un viaje, no temiendo viajar solo si no se encuentra la apropiada, en este caso la importancia todavía era mayor. No me podía permitir el lujo de escoger a la persona inadecuada.
Afortunadamente acerté con la elección y ella fue mi mejor acompañante. Todo lo maravilloso que encontré en Italia se lo debo a ella. Todo lo que conocí y aprendí fue gracias a ella. Sin ella el viaje habría sido estéril, frustrante, inútil, malogrado.
Los veinte días en que viajamos juntos por Italia, perdóname otra vez Beatrix, han sido los más maravillosos de mi vida.
Ojalá pudiera someter el tiempo y hacerlo retroceder. Ojalá, mi amor, pudieras leer esto ahora. Me reñirías, como hacías siempre; y yo te daría la razón, como no hacía nunca. Y terminaríamos peleándonos en la cama con nuestros cuerpos entrelazados, haciendo el amor.
Contigo descubrí Italia. Contigo descubrí tantas cosas, tantas, que si entonces no te hubiera conocido, hoy todavía te estaría buscando. Y desdichadamente, tú sabes, sería demasiado tarde para encontrarte.

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