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La noia del te del capvespre




Los ojos, sí, los ojos y no otra cosa es ...

1.
Cuando alguien, pongamos que hablo de mí, sin ningún tipo de rubor decide contar una historia que le resulta cercana, las personas que con un ánimo más o menos participativo la escuchan, la leen, o simplemente la soportan, se pueden llegar a preguntar hasta que punto esta es real o fabulada. Se pueden llegar a preguntar si ha sido la realidad la que se ha impuesto a la fantasía, o bien, si la primera ha sido abducida por los ensueños de la razón.


¿Era necesaria esta introducción antes de empezar el relato que sigue a continuación? Quizás no. No obstante, me parece más correcto hacerlo así. De tal forma que tú, amigo lector, puedas decidir con la suficiente antelación si sigues leyendo o te diriges raudo y veloz a navegar por otras aguas.



2.
La vida, ese cúmulo de momentos desaprovechados, nos ofrece en ocasiones regalos inesperados. Esto fue lo que me sucedió a mí hace ya unos años. Por aquel entonces, quien también era yo, había terminado la universidad. La verdad es que nunca fui un estudiante brillante. De hecho, no fui nunca siquiera un buen estudiante.
Había dejado atrás ya los veinte y pocos años. Vivía en una pequeña ciudad donde más que vivir dejaba pasar el tiempo, buscaba trabajo, salía con los amigos y vivía en casa con la familia. Quemaba las horas y los días esperando, sin demasiado interés, acabar encontrando a quien tenía que ser futura esposa y madre de mis hijos. Era en definitiva feliz, insulsamente feliz.

Un día, uno de tantos, me llamaron de la facultad. Era el profesor que había estado revisando mi trabajo de final de carrera y con el que me había unido una cierta amistad. Una de esas amistades que sin saber muy bien como, nacen, crecen y terminan siendo para toda una vida.

- ¿Te interesa ir a trabajar a Saarbrücken?

¿Qué se supone que tenía que hacer yo allí? No sabía ni donde estaba ¿Te interesa ir a trabajar a la Luna? Esta oferta podría haber sido igual de válida que la hecha por él.

El trabajo aquí estaba mal. Mal para casi todos y mal para un ingeniero mediocre que acababa de terminar la carrera, ya os he dicho antes, con más pena que gloria y sin expectativas de poder trabajar en lo que se suponía que me gustaba. Seguir con la rutina de siempre o iniciar una aventura desconocida ¿Tan difícil era tomar una decisión?

Nunca he sido un aventurero, más bien siempre he sido un pequeño burgués. Una de esas personas que lo único que esperan de la vida es, básicamente, que esta les sea benévola. Que las cosas se vayan desarrollando por si mismas y te vengan casi, casi hechas. No nos engañemos, amigo lector, la mayoría de las personas somos así. La mayoría de las personas terminamos enquistados en la rutina diaria.

Hablé con la familia, hablé con los amigos, y hablé incluso con esa chica, de la que ya ni el nombre recuerdo, que por aquel entonces era lo más cercano posible al proyecto de esposa y madre de mis futuros hijos.
Hablé tanto y con tanta gente que decidí que había llegado la hora de marcharme. Que había llegado la hora de dejar atrás y abandonado a ese chico, ese que había sido yo, que desde la niñez me acompañaba y del cual, hoy, tan pocos recuerdos guardo.

Y estuve fuera dos años. Y como a casi todos en la vida me sucedieron cosas. Unas de buenas, otras no tanto, y las menos, aquellas, de las que no quiero acordarme.



3.
Saarbrücken es una ciudad con atractivo, para un alemán…

Capital del estado del Saarland, la ciudad está situada a orillas del río Saar al suroeste de Alemania. De ahí el significado de su nombre en castellano: puentes sobre el Saar.

Los ingresos del estado provienen de sus grandes cuencas carboníferas, sus fábricas de hierro y acero, azúcar, cerveza, cerámica, instrumentos ópticos y maquinaria para la construcción.
Al ser fronterizo con Francia, el estado del Saarland, fue durante años fuente de litigio entre los dos países, pasando de un lado al otro de la frontera en función de quien era el que ganaba las batallas.
Durante la II Guerra Mundial la ciudad de Saarbrücken fue brutalmente bombardeada y prácticamente destruida por los aliados. Una vez terminada la guerra, el Saarland, pasó a formar parte de Francia para volver finalmente a integrarse en Alemania, durante la década de los 50, después de celebrarse un referéndum vinculante que se convocó entre su población para decidir a que país querían pertenecer.
Saarbrücken es pues una ciudad con grandes mezclas culturales alemanas y francesas. Finalmente deciros que en la ciudad viven aproximadamente unas 200.000 personas.

Esta ha sido una definición bastante académica. Una definición que tú mismo podrías haber encontrado en cualquier enciclopedia, pero ya que has leído hasta aquí te merecías que yo te ahorrara el trabajo.



4.
Mi llegada a Saarbrücken fue como la entrada triunfal de un elefante en una cristalería, arrasando. Para el carácter de un alemán incluso una persona como yo, un insípido y desaborido españolito con acento catalán, representaba la quintaesencia del latin lover, del valiente torero español.
Sí, quien me conozca se estará riendo, pero la verdad es que me convertí en el rey tuerto del país de los ciegos. Y eso, eso no tiene precio. Las oportunidades que ello te ofrece son fantásticas e inabarcables.
Y que quieres que te diga, amigo lector, puesto que me ofrecieron el trono de rey, decidí asentar en él mis posaderas. Decidí que si se tenía que reinar se reinaba, si se tenía que ejercer se ejercía, y si se tenía que cumplir se cumplía. Y vive Dios que reiné, y ejercí, y cumplí. Y cumplí con creces.

No te engañes, amigo lector, no dejes que estas últimas palabras te den una impresión distorsionada y falsa de mí. Yo siempre he sido un romántico.
Desde que tengo uso de razón, de razón sentimental, son muchas las noches en vela que me he pasado recreando unos ojos bellos vistos durante el día. Esos ojos de una amiga, de una compañera de clase, de universidad, de trabajo; los ojos de una desconocida con quien te cruzas en una calle, en un autobús, en un bar o en una discoteca.

Los ojos, sí, los ojos y no otra cosa es lo que siempre me ha atraído más de una mujer. Decir que los ojos son el espejo del alma es una cursilada, cierto. Pero que sea cursi no significa que sea falso. Podría pasarme horas enteras mirando los ojos de la mujer que quiero, e incluso los ojos de la que no quiero ni llegaré nunca a querer.
Los ojos de una mujer te hablan, seducen, aman, acarician, desean, arropan y te hacen soñar. Ojos que llegado el caso te muestran la falsedad de las palabras de su propietaria; ese te amo frío preludio del abandono, ese te quiero distante puerta de acceso al olvido, a la amistad.

Y fue una tarde, una tarde gris de invierno en Saarbrücken, cuando me encontré con los ojos más bellos que he visto en mi vida.
Estaba esperando a mis amigos en el “Der Treffen Tee” de la calle Bahnhofstraβe, calle principal de la ciudad. Había sido un día especialmente duro en el trabajo y lo único que deseaba era pasar un rato tranquilo hablando con ellos.
Teníamos las fiestas de Navidad cerca y esto unido al frío que me había acompañado al entrar de la calle me hizo pedir un Glühwein, un vino caliente con especias.

Tomé un primer sorbo y fue entonces que la vi. Estaba sentada frente a mí a dos mesas de distancia. Lo suficientemente cerca como para que me pudiera llegar el aroma a canela del té que se estaba tomando.
Fue sólo un momento, el tiempo necesario para que nuestras miradas se encontraran. Uno de esos instantes irrepetibles en los cuales la realidad se disuelve en el ambiente como nubes de leche en un cielo de verano. Una de esas ocasiones en que tienes plena conciencia de que algo está a punto de ocurrir, deseas que ocurra, anhelas que ocurra, y en que finalmente no ocurre nada.

Llegaron mis amigos. No recuerdo de lo que hablé con ellos ese día. Pero a ella si la recuerdo. Ella está todavía hoy presente en mi memoria.
Nunca la volví a ver. Nunca supe su nombre ¿De dónde surge esa burda necesidad de poner nombre a los rostros?
Ella siempre ha sido para mí la chica con los ojos más bellos que he visto. Ella siempre ha sido para mí la chica del té del atardecer.

Comentarios

  1. Hola me llamo Sandra y me gusta mucho como escribes. Te quiero preguntar más cosas pero lo haré por correo. Besos

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  2. Yo también pasé dos años trabajando en Alemanía, pero en el norte, en Bremen. Tu experiencia suena mejor que la mía. Soy de Seattle, una ciudad rodeada por las montañas, y nunca me acostumbre a la llanura del terreno en Bremen.
    Me gustaría saber ¿Ya Sabías Alemán cuando te marchaste? Si no lo sabías,¿Cómo te fue la experiencia de aprenderlo?
    -Christina

    ResponderEliminar
  3. Hola Christina

    No creas que mis dos años en Alemania fueran un camino de rosas. Afortunadamente la memoria es muy selectiva y con el tiempo son muchos los momentos que olvidas o de los que no quieres acordarte.

    Estudié alemán durante tres años antes de ir a Saarbrücken. Estudiaba para Ingeniero de Minas y el alemán era el idioma de referencia.
    La verdad es que la primera vez que me dijeron Guten Tag, casi acabamos a tortas. Ya sabes lo rápido que hablan los alemanes y lo “mal” que suena el idioma.
    Al principio me costó bastante hablarlo y no te digo escribirlo. Con el tiempo la cosa fue mejorando. En la escuela, de pequeño, había estudiado inglés y entre los dos idiomas me hacia entender bastante bien.
    Actualmente problemas tendría para poder hacerme entender, hace más de 15 años que estuve allí.

    No estuve nunca en Bremen ni tampoco he estado nunca en Estados Unidos, es una de mis asignaturas pendientes. Lo único que conozco de Seattle son algunas, maravillosas, imágenes vistas en películas; que es la ciudad donde nacieron Jimi Hendrix y Bill Gates; y que es el lugar de trabajo de mi psiquiatra favorito, Frasier Crane.

    Me sorprende lo bien que escribes en castellano siendo de Seattle (USA), felicidades.

    Saludos

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