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Érase una vez...

Bisonte de la cueva de Altamira


En la evolución humana hay un punto de no retorno en el cual nuestros antepasados no se dedican sólo a cazar y reproducirse, sino que pasan a un nivel superior de evolución.
Antes de este punto su vida no era muy diferente a la de cualquier otro ser vivo de la época. Y de hecho sus únicas inquietudes eran sobrevivirles. Utilizarles y no ser utilizados por ellos.


No sabemos cómo se produjo, pero sucedió que empezaron a plantearse ciertas preguntas. Preguntas que les afectaban a ellos y que afectaban a su entorno.
Hasta aquí el cambio ya es importantísimo para la especie. Pero hacía falta un paso más. Y este paso era la plasmación material del proceso mental que les estaba afectando. Este paso es el arte paleolítico.

Tenemos ante nosotros a unos seres que se plantean expresar sus ideas e inquietudes. Miran las paredes desnudas de una cueva e intuyen en sus relieves la posibilidad de dibujar una imagen presente ya en su celebro.
Entran empuñando en su mano un arcaico sistema de iluminación; lámparas de arcilla que utilizan como combustible el tuétano de los huesos.
Se arrastran por espacios de unos 60 cm. de altura. Utilizan un buril; carbón vegetal; óxido de hierro para conseguir el color rojo y limonita para el color amarillo.
Y con el pulso firme de su mano embadurnan el techo.

Lo que están dibujando en esos momentos no es sólo la figura de bisontes, bóvidos, caballos, ciervos, manos y signos para nosotros desconocidos. Lo que está dibujando ese incipiente ser humano es nuestro futuro. Nos está dibujando a nosotros.
Si hace 15.000 años no hubiesen sentido la necesidad de crear Altamira, actualmente nosotros no nos estaríamos comunicando de esta forma.

De la cueva de Altamira surge la nave que ha de conducir a la humanidad a la conquista del espacio. *

* Referencia obligada a Kubrick y su 2001

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