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| El Dorado |
Un gallardo caballero,
valiente como un cruzado,
alegre, joven y fiero,
por un áspero sendero
marcha en busca de
El Dorado.
Edgar Allan Poe
I. La leyenda
Corría el 12 de octubre de 1492. Hacía 2 meses y 10 días que Cristóbal Colón había ordenado zarpar sus naves del puerto de Palos de la Frontera.
La noche del 9 al 10 de octubre toda la tripulación, incluidos los hermanos Pinzón, se rebelaron contra Colón. Demasiados días sin noticias de Las Indias. Demasiados días de retraso. Demasiados días de penalidades. El viaje tocaba a su fin y nada ni nadie parecía poder evitar el fracaso que se cernía sobre quien llegaría ser Almirante, Virrey y Gobernador de Las Indias. Después de arduas discusiones acordaron seguir tres días más navegando. Si al cabo de este tiempo no se avistaba tierra, volverían a España.
No hizo falta aplicar el ultimátum. La madrugada del 11 al 12 de octubre el marinero Rodrigo de Triana lanzó el grito más esperado: ¡Tierra!
Colón acababa de descubrir el Nuevo Mundo. ¿Es cierta esta afirmación? Evidentemente no. Nada en estas tierras era nuevo. Si era en cambio desconocido, misterioso, extraño y fascinante. Ante una Europa que sale de la oscura Edad Media este Nuevo Mundo representa la tierra de las oportunidades. De él vienen relatos de gente nunca vista; animales mitológicos e increíbles; alimentos y plantas de poderes asombrosos; relatos fantásticos sobre tierras y hombres.
Pero por encima de todos ellos nace y crece con una asombrosa velocidad la leyenda de El Dorado. Nada es comparable a este lugar. Ni las riquezas de Moctezuma y Atahualpa juntas. Ni las minas del Rey Salomón. Ni siquiera el mismísimo Paraíso Terrenal del que habla la santa madre iglesia.
Es el propio Cristóbal Colón quien nos pone sobre la pista de este valle. Un valle en el que se encuentra “la fuente de donde nace el oro”. Así se lo cuentan los indígenas que lo acompañan y así lo escribe Colón en su diario. Diario que es leído con avidez por las Cortes Europeas. Reyes siempre dispuestos a llenar sus arcas. Aventureros ansiosos de grandeza. Míseros desheredados anhelantes de riquezas.
Todos ellos sueñan con poner los pies en el valle fantástico. Donde las piedras son esmeraldas. Los animales que las recorren son de oro macizo. Las aguas de sus ríos, oro líquido que fluye entre piedras preciosas. Y el único esfuerzo a realizar es agacharse y recogerlo.
II. La tragedia
Lope de Aguirre, año 1560, se une a la expedición capitaneada por Pedro de Ursúa. Se adentran en el Amazonas y continúan la búsqueda frenética, e infructuosa, iniciada hace 40 años.
Los días se suceden monótonos e interminables. Demasiado tiempo sin noticias y demasiadas ansias insatisfechas. Aguirre enloquece. ¿Depender del Rey de España, si aquí yo puedo ser Rey? ¿Rendir pleitesía a Felipe II, cuando puedo disponer para mí de las riquezas de El Dorado?
Asesina a Pedro de Ursúa y nombra general y Rey del Perú a su sucesor, Fernando de Guzmán. Finalmente decide prescindir también de Guzmán y después de asesinarlo, toma el control del ejército y avanza por Venezuela. El Dorado está delante, siempre está delante.
Otra nueva víctima de El Dorado. Otra nueva víctima de un sueño inalcanzable que termina convirtiéndose en una pesadilla. Millares de hombres han muerto ya en la búsqueda del valle. Ninguno lo ha encontrado. Nadie en toda América, de norte a sur y de este a oeste, ha encontrado el más mínimo destello del oro de El Dorado. ¿Desanima esto su búsqueda? ¡Al contrario! Si nadie lo ha visto, si nadie lo ha encontrado, si nadie muestra pruebas tangibles de su existencia. Es debido, sin lugar a dudas, a que el lugar existe y debe ser encontrado. ¿Encontrado por quien? Encontrado por mí.
Lope de Aguirre, conocido como “el Loco” o “el Traidor”, murió en Barquisimeto (Venezuela). Víctima de las tropas mandadas por Felipe II. Derrotado como tantos otros que sucumbieron, antes y después que él, al sueño de El Dorado.
III. El esperpento
Sir Walter Raleigh lleva ya 13 años encarcelado en la Torre de Londres. Acusado de conspirar contra el Rey Jacobo I, sólo la muerte le liberará de la cadena perpetua a la que está condenado.
Es el año 1616 y este aventurero, escritor y amante de la Reina Isabel I de Inglaterra purga errores pasados. Sirvió al país en múltiples batallas. Desde las guerras de religión en Francia, hasta la batalla contra la Armada Invencible y múltiples acciones corsarias contra España.
El año 1595, parece ser que para recuperar los favores de la Reina Isabel I, se dirige con 5 naves a la Guayana, a la búsqueda de El Dorado. Allí, y sin abandonar la costa, escribe relatos fantásticos sobre el valle maravilloso. De regreso a Londres, sin una sola pepita de oro, logra convencer a la soberana con sus hazañas fabuladas.
No logra encontrar El Dorado. Pero si logra recuperar el favor de Isabel “la Reina Virgen”. Al menos por un tiempo.
Muerta Isabel I sube al trono Jacobo I. Sir Walter es acusado falsamente de traición y condenado a muerte. Finalmente la pena se conmuta por cadena perpetua. Y así nos encontramos, en la Torre de Londres, en el año 1616.
Jacobo I le ofrece un trato; su libertad a cambio de El Dorado. Sir Walter acepta y dirige una nueva expedición a la Guayana. La expedición que está formada por 14 naves y más de 2000 hombres es un desastre y en ella muere su propio hijo. Vuelve a Inglaterra. El Rey Jacobo I, parece que aconsejado por el embajador español, ordena que se cumpla la sentencia a muerte dictada en el año 1603.
Sir Walter Raleigh es decapitado el 29 de octubre de 1618. Una nueva víctima de El Dorado.
IV. El desenlace
A finales del siglo XVIII, en plena Ilustración, cuando Voltaire había hecho pasear ya a su Cándido por un sarcástico El Dorado, tropas españolas y portuguesas se enfrentan en la búsqueda de El Dorado. Esto ocurría cuando sólo faltaban 30 años para iniciarse el proceso de la Independencia.
Durante 300 años hombres de todas las clases, tipos e intereses han buscado El Dorado. Millares de ellos han encontrado la muerte en esta búsqueda. Pueblos y culturas han sido arrasadas y han desaparecido de la faz de la tierra en nombre de la avaricia y el deseo de riquezas. Ninguno de ellos consiguió siquiera acercarse a El Dorado, pero esto no les frenó.
¿Se puede explicar esto, sólo desde el punto de vista del interés económico? Creo que no. Junto a la avaricia y la sinrazón. Hay también el deseo inherente en el hombre de buscar lo que no se puede encontrar, de encontrar lo que no existe y de desear lo inalcanzable. Esto y no otra cosa es la materia de la que están hechos los sueños...
Aún hoy, hay quien asegura haber visto durante una noche oscura el brillo cegador de la fuente de donde nace el oro.
Aún hoy, hay quien asegura haber visto entre el verde de la selva, un rayo dorado, un esbozo de paraíso. Allá, donde El Dorado espera…

Excelente post.
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